Solté un suspiro y sentí una lágrima deslizarse por mi mejilla. Observé la cicatriz. No era tan grande como esperaba. Cubría mi mejilla y ojo, la hinchazón había disminuido. Mi cara había vuelto a su tamaño original. Aunque nunca la miré, podía sentir cuán grande era en comparación con el otro lado de mi rostro.
—¿Estás bien? —susurró Amaris. Asentí, pero mantuve mis ojos en el espejo. Mi ojo ciego era más blanco que el otro y tenía lo que parecía ser escamas de plata alrededor de la parte blanca. Definitivamente eran únicas.
Dejé el espejo sobre la cama y tomé una respiración profunda.
—Bueno, ya eres libre para irte...