Me froté los ojos y fui deslumbrado por la familiar luz blanca. Sonreí para mí mismo mientras miraba a mi alrededor.
—Caleb —su voz seguía siendo angelical y reconfortante.
—Diosa de la Luna —respondí. La observé acercarse y sonreí al verla aparecer frente a mí.
—¿Por qué te acercas ahora? —pregunté. Ella se encogió de hombros y me sonrió.
—Ya no estás tan enojado, mi hijo —respondió—. Has crecido.
Solté una risita suave y asentí.
—¿Por qué soy un lobo blanco? —cuestioné. Ella levantó una ceja.
—¿Por qué no lo serías? Eres especial, Caleb, todo sobre ti. Te vi mientras observabas a tu hermano transformarse, solo mostraste amor por él,...