Lara no podía dejar de mirar a Julieta, quién se mecía en sus brazos y empezaba a entrar en su sueño profundo. No era su hija, no la había llevado en su vientre, no la había parido pero sin embargo ahí estaba, con ella en brazos y acunando sus sueños.
Cada vez que él debía dormirla, era muy traumático y angustiante para la bebé, que terminaba por quedarse dormida luego de agotarse de tanto llorar y gritar y verla como conecta con Lara le parecía mágico.
Desde su nacimiento, Julieta no había podido experimentar una mano que alivia, que cura, que acompaña y brinda amor. Solo tenía imágenes mentales que...