—No me piensas responder —espetó ella, quien se moría por escuchar de sus labios aquella confesión.
—¿Quieres escucharlo? ¿Deseas que lo admita? Sí, sí me muero de celos y sé que es una estupidez de mi parte, porque tú y yo no somos nada, pero no logro sacarte de mi mente, de mi piel, de mi corazón.
Amanda ansiaba tanto escuchar aquellas palabras que no pudo evitar sonreír, ella también lo deseaba con la misma intensidad.
—Me pasa igual. —respondió.
—Regresa pronto, por favor. —dijo en tono suplicante. Ahora que ya las cartas estaban puestas sobre la mesa, ya no tenía porqué ocultar lo que sentía por la pelicastaña.
Pablo...