—Hiciste bien, pequeña. No hubiera habido alguna manera de evitar esos golpes, el jefe estaba demasiado molesto, tú no tienes la culpa.
—¿Por qué no me lo advertiste? —le pregunta ella un tanto enojada al darse cuenta que Pablo sabía lo que le esperaba en esa oficina
—Pensé que sería mejor para ti si no lo sabías, te hubieras asustado demasiado, en ocasiones lo mejor es no saberlo todo. Créeme, lo hice pensando que era lo correcto, nunca pretendí hacerte mal.
—Ya, pues, en próximas situaciones prefiero saber todas mis posibles opciones, puedo con ello —él respondió asintiendo con su cabeza y luego de un tiempo en silencio, su voz decoró la habitación
—Entonces ya sabes lo que él espera de ti. Sé que te será difícil, pero no le des vuelta al asunto, no pienses en ello, en algunas ocasiones, Elena hacía uso de medicamentos para ayudarla a no recordar, te puedo conseguir si lo deseas
—¿Medicamentos? No, no, ese no es mi mayor temor.
—¿No lo es? ¿Estás segura que te ha quedado claro a lo que te tendrás que exponer?
—¡Oh! Claro que sí, él me lo dejó bien explícito. —Amanda batía sus piernas con intranquilidad
—¿Entonces? No entiendo a qué otra cosa podrías temerle, hasta donde sé, tendrás que hacer lo usual, nada extremo.
—Ese es el problema, no sé qué es lo “usual” en esos casos...
Ella guarda silencio mientras baja su cabeza a causa de la vergüenza. Sabe que en estos tiempos puede resultar un poco ridículo que quisiera mantenerse intocable para una persona especial, pero era su problema, no el de nadie más, hasta ahora.
Él se quedó mirándola, extrañado. No entiende lo que ella le está queriendo decir ¿cómo podría hacerlo? Es imposible que se imaginara que esta chica tan dulce y desorbitantemente hermosa no hubiera sido tocada aún, que no había perdido su pureza...
—Discúlpame, pero no te sigo. ¿A qué te refieres? Si no me dices lo que ocurre no puedo ayudarte.
—Bueno… verás, yo no lo sé, no podría saber cómo… —los titubeos y las pausas se adueñan de ella y de su fluidez al hablar, solo el enrojecimiento en sus mejillas la delató.
—¿No puede ser! —exclama él, horrorizado— Dime que tú ya has estado con otros hombres por favor —ella solo negó con su cabeza— ¡Por Dios! ¿Qué he hecho? Soy una persona terrible— se castiga una y otra vez en voz alta.
—No, no lo eres sino todo lo contrario, mi madre y yo estamos vivas gracias a ti
—Sí, pero te he condenado de otra manera.
—No lo sabías, no eres adivino.
Pablo no hace más que pasar las manos por su cabeza una y otra vez en un intento fallido por calmarse. Esa chica de la que se sentía su protector era más especial de lo que pensaba, era más delicada ¿Cómo podía ser? Sabía que tenía un parecido con Elena, pero, de cierta forma, le resultaba más hermosa, más sensual, más deseable y justo fueron esos pensamientos los que le dieron la idea.
—Amanda —por primera vez desde que estaban en esa mansión la llamaba por su nombre real— creo que puedo ayudarte, pero tendrás que darme tu permiso. Puede ser que te suene un poco descabellado, pero es lo único que se me ocurre en estos momentos.
—Habla de una vez, me estás poniendo nerviosa.
—Si me lo permites, yo puedo rectificar tu situación. Sé que no era lo que tenías en mente, pero seré mucho más cuidadoso y delicado que Alejo y velaré por ti, por tus necesidades, estaré al pendiente de todo, lo prometo.
—Espera ¿me estás proponiendo acostarte conmigo? ¿soy una situación? —le pregunta ella con sus ojos bien abiertos
—Sí, justo eso y no, no eres tú la situación, me refiero que todo esto lo he buscado yo, te he tirado directamente hacia la boca del lobo, sólo quiero hacer algo para enmendarlo y ayudarte. Alejo ya no se encuentra aquí, tenía unos asuntos que atender fuera de la ciudad y ya se ha marchado, tenemos dos días libres, podemos aprovechar esta noche. No tienes que darme una respuesta ahora, sé que es un tema delicado y de importancia para ti si te has guardado hasta ahora. Quizás no sea lo que tenías en mente, pero piensa que será mejor dejarlo en mis manos que en las de Alejo. Si él descubre que no eres Elena, todos estaremos muerto. Ve a su habitación, date un baño, relájate y piénsatelo ¿ok?
Amanda no dice nada más, solo se pone de pie y se marcha de la habitación sin mirar hacia atrás dejándola con miles de interrogantes en su cabeza. La chica inocente está a punto de no serlo más.
Mientras su chofer lo lleva hasta su jet privado, Alejo no para de darle vueltas en su cabeza al encuentro que recién tuvo con Elena en su oficina. No sabe exactamente qué ha pasado, pero está diferente, no solamente por en su físico, sino también en su forma de actuar.
No le dijo “papi” como siempre hacía para tranquilizarlo cuando estaba demasiado alterado, tampoco es usual que tenga una actitud tan sumisa y tranquila, sobre todo cuando es golpeada por él. Además, sus caderas están más anchas de lo que recordaba y el tono de su cabello un poco más claro. Supone entonces que se debe a que acaba de dar a luz a su hija. No comprende mucho de esas cosas, lo que sí ha escuchado que las mujeres cambian cuando se convierten en madres.
Todavía la recuerda bailando en ese club la primera vez que la vio, parecía toda una diosa bajada directamente del Olimpo. Cierra los ojos y parece como si la estuviera viendo nuevamente. Se movía muy lentamente, al ritmo de una música que la hacía sentir más sensual aún de lo que ya era por sí misma. El rebote del avioneta aterrizando en la pista clandestina, lo retorna a la realidad.
—Patrón, ya llegamos.