Ambas mujeres giraron la vista solo para encontrarse con Pablo cargando a la bebé en brazos.
—Es hora de irnos —dice él con voz fuerte.
—¿Y Emma?
—Ya está bien, no ha sido nada, vamos.
—No —le suplica ella mirándolo fijamente
—Amanda, acordamos algo, es hora de irnos, el jefe está ansioso ya, no podemos demorarnos ni un segundo más aquí.
—¡No me quiero ir!
—¡Amanda, te lo advertí! —esta vez el tono de él es más seco, más violento, asustaría a cualquiera. Él sabía que permitirle ver a su madre sería una mala idea, pero no fue capaz de negárselo, no cuando lo estaba mirando con esos grandes ojos...