Las palabras de la oficial parecían haber sido la última gota que colmó el vaso para Jóse.
En su extrema desesperación, recordó que había empezado a tener hemorragias nasales sin motivo aparente. Recordó también aquella noche en que estaba febril y débil, pidiéndole que me llevara al hospital, pero él se fue al llamado de Gabriela, solo porque Sarita lo extrañaba.
Recordó cómo se burló de mí cuando le pedí dinero.
Jóse me abrazó desesperadamente.
—¡Doctores! ¡Ayuden a mi esposa!
—Lo siento, Mónica, no soy humano, merezco morir. ¡Por favor, dame una oportunidad para redimirme!
No pude soportarlo más y me desmayé.
Cuando volví en mí, Jóse estaba a mi...