Esa noche, Ricardo y Bella revivieron su amor. Dejaron fluir sus cuerpos y sus almas en la sagrada unión de la pasión. Mientras el frío que envolvía aquél edificio, hacía que los grandes ventanales de la lujosa oficina de Bella se empañaran con el calor de su vaho. En ese momento, no existía el mundo afuera de ese enorme cuarto, sólo existían ellos dos, fundidos en un solo ser, en el centro de todo el universo.
Al día siguiente, Ricardo se presentó al hospital con una gran sonrisa que no podía ocultar de su rostro. Se encontraba pegado a su nuevo celular, enviándole mensajes cursis y consultando flores para enviar...