Luego de que Constantine me dijo que me torturaría tanto que iba a desear morir nuevamente; éste, envió a uno de sus súbditos a sacarme de su habitación. Obviamente, yo le supliqué que no me hiciera daño, pero él, solo se dio media vuelta y me dio la espalda.
Encerrada hace horas en un calabozo lleno de cucarachas y ratas, solo veía la luz de una pequeña lámpara de fuego que colgaba en la pared de afuera.
Hacía frío en éste lugar, no había cama ni dónde sentarse; solo el duro y sucio suelo húmedo de sabe dios qué, era lo único que me quedaba.
El sonido de una gotera...