Chapter 5 Constantine

Chapter 5 Constantine

STELLA

El corazón se me acelera al darse cuenta que estoy llegando súper tarde y los nervios incrementan.

—Permiso, permiso... ¡Joder!

Suelto un sonoro resoplido. Hoy día lunes, hay una aglomeración de personas por todos lados y los taxis,al parecer el día de hoy no están disponibles para mí. Cada que paraba alguno estaba ocupado, llevaba alguien atrás o tenía que recoger a otras.

Me tuve que venir caminando desde la urbanización hasta acá. Los pies me duelen, por apresurar el paso y de paso en mitad de camino casi caigo en un hueco y me doblo el tobillo. Nunca he utilizado tacones y para el día de hoy tenía qué.

Constantine me pidió que me arreglara con clase. Anteayer salí a comprarme un traje que me pareció perfecto para el trabajo.

«Susodicho trabajo»

Una pizca de alegría se asomó en cuanto observé el edificio. Apuré más el paso, estaba llegando súper tarde y tenía miedo de la reacción del demonio. Me pidió que llegara temprano y es lo menos que pude hacer.

Hay un vigilante en la entrada al edificio y muestro el carnet que me dió Constantine, que contiene mi nombre y mi posición en el trabajo. El vigilante me deja pasar, y yo me encamino a los ascensores. El reloj de mi muñeca marcan las 9:15 am.

Yo tenía que estar aquí a las 8 en punto. Siento que una gota de sudor baja por mi frente. Joder, joder...

Las puertas del ascensor se abren y menos mal está vacío. Marco el número 16 que es la planta en donde me están esperando seguramente, y espero impaciente. Mi pierna se mueve frenéticamente por el miedo.

Es mi primera vez en un trabajo. No terminé de cursar el Instituto, ¿y tengo un trabajo? Maldito demonio. Aunque sea agradezco que me haya enseñado lo que tengo que saber y diré el día de hoy.

O quizá no, para la hora en la que llego.

Las puertas se abren y hay alrededor de diez cubículos y en cada cubículo una persona trabajando. Hay una recepción dónde hay una chica atendiendo y me acerco allí, con una sonrisa amable.

—Buenos días. ¿El señor Constantine Agatone?

—¿Es usted la señorita... Stella, Stella Moritz?

—Sí, soy yo.

—La esperan en la Sala de Juntas hace una hora. Siga derecho por éste pasillo y gire a la izquierda. La primera puerta que vea—me explica y luego sonríe—. Buena suerte.

Le doy una sonrisa amable y luego un pequeño audible «gracias». Me dirijo a la Sala de Juntas y ya enfrente a la puerta, me lleno de valentía y la abro.

Cinco pares de ojos reparan en mí. Paso saliva y busco con la mirada a Constantine. Su rostro se muestra inexpresivo y no sé cómo sentirme.

Realmente, siento que me va a pasar un camión por encima, que me van a masticar y luego me van a...

—Buenos días, señorita Moritz—dice.

Su voz suena un poco molesta.

Termino entrando a sala, y cierro la puerta detrás de mí.

—Buenos días a todos, lamento la tardanza, vine a pie de donde vivo y...

—Señorita Moritz, siéntese—ordena y obedezco.

Una silla disponible está en el medio de dos hombres y me siento ahí, incómoda y nerviosa.

—La señorita Stella Moritz es mi nueva socia. Me ayudará en el área de nuevas ventas y compras. Denle la bienvenida y...

Una mujer interrumpe al demonio. La observo.

—¿Tiene experiencia en eso, Agatone?—suena altiva.

Constantine le lanza dagas con la mirada. Si algo he aprendido en lo poco que lo conozco, es que no le gusta ser interrumpido.

—En eso y más—responde seco—, quiero a cada uno haciendo de...

—¿Seguro? Al parecer no lo es, acabo de buscar su currículum y aparece que no ha terminado el Instituto, ¿eso es cierto señorita Moritz?—parece veneno lo que expulsa de su boca.

Enmarca una ceja a mí dirección y yo carraspeo, preparándome para responder.

—Sí, es cierto. Pero no de su incumbencia. Si estoy aquí es por lo que sé. —espeté.

Y a decir verdad, soné muy tosca. Pero también profesional. De reojo observé al demonio de ojos azules, que estaba en silencio.

—Alicia, haz tú trabajo. No vienes aquí a decirme lo que ya yo sé—recalca y, seguidamente, se levanta—. Quiero que traten a la señorita Moritz con amabilidad y respeto. Vuelvo y les recuerdo, es mi socia. Rocío, me gustaría que le muestres todo el edificio y le expliques más sobre el área en que trabajarán las dos. Eso es todo, Stella, sígueme por favor.

Todos se levantan y salen despavoridos. Constantine es el último así que lo sigo paso a paso a lo que parece ser su oficina. Ya dentro, puedo respirar un poco más tranquila, pero luego creo que el oxígeno abandona mis pulmones al verlo tan molesto.

—¿Qué sucede?

—¿Cómo que qué sucede? ¡Teníamos una hora esperándote, Stella! Te pedí que llegaras temprano y casi llegas dos horas después.

—A ver, Constantine, primero que nada, le bajas dos—musito, frunciendo el ceño—. Segundo, ¡no tengo auto! No pasaba ningún autobús por el área y tuve que irme caminando al centro, y en el centro no conseguí ningún taxi desocupado.

Entre cierra los ojos.

—Deberías buscarte una buena excusa.

Abro la boca indignada.

—Vete a la mierda, Constantine.

Alza sus cejas al cielo, impresionado.

—¿Qué?—vocifero.

—No, nada. También bájale dos, ¿no?

Respiro hondo.

Lo menos que me gusta es que usen mis palabras y frases en mi contra.

—Tengo que buscarme un auto, así no llego tan tarde, discúlpeme, señor Agatone—recuerdo que estamos en área de trabajo y le hablo con respeto.

—Llámame Constantine, Stella, por el demonio.

Enmarco una ceja.

«Por Dios, quiso decir, ¿no? », rio internamente.

—Es... incómodo, ¿qué tengo qué hacer?

—Primero, me gustaría que le echaras el ojo a estos papeles y le des el visto bueno. ¿Cómo te ha ido con el curso? Siéntate.

Me siento.

—Pues... me ha ido bien, estoy aprendiendo rápido.

Tomo los papeles y los leo por encima.

—¿Quiere abrir un bar?

—Así es—responde. Lo veo con un vaso de whisky—. Abriríamos—corrige.

Suelto un suspiro.

—Esto no se me da, Constantine.

—Ya te acostumbrarás, Stella.

Hay silencio.

¿Qué hago aquí?

¿No se supone que debo estar trabajando?

—Sí, debes, pero te quiero aquí.

Frunzo el ceño.

—No hagas eso, Constantine—lo miro enojada.

Encoje un hombro.

—¿No has ido a un salón de belleza o algo?—inquiere.

—No, ¿por qué?

—Pensé que lo harías. Como pedí que te arreglaras.

—¿No hablabas de mi vestimenta? ¿Estás queriendo decir que no estoy...? Ya sabes, ¿guapa?

Pone los ojos en blanco.

Sentí una punzada dolorosa en el corazón.

—Stella, estás más que guapa pero tu cabello se ve descuidado y reseco, tu rostro también. Necesitas hidratación, después que salgamos del trabajo te llevaré.

***

—Muchas gracias Rocío, de verdad me haz servido de mucha ayuda—le sonrío amablemente.

—No hay de qué,Stella. Cuando quieras, o necesites, toca mi puerta.

Asiento agradecida y se da la vuelta, camina y luego se detiene.

—¿Sabes? Me cayó muy bien eso que le dijiste a Rivera.

—¿Ri...? Ah, debe ser a Alicia, ¿no?

Mis mejillas se tornan rojas.

—Sí, Alicia. Estuvo muy bueno—me guiña un ojo—. En realidad, me caes muy bien. Tienes una buena vibra. Quizás lleguemos a hacer amigas.

Sonrío.

—Si, quizás.

Me doy vuelta, y entonces, camino a recoger mi bolso a mi susodicha oficina. Son como la una del mediodía y tengo mucha hambre. Ya terminé la mitad del papeleo que tenía que hacer, se me hizo un poco difícil por los nervios, y también porque al parecer mis neuronas no querían funcionar.

Estaba trancada. Así que le pedí ayuda a Rocío.

Entro a la oficina y me consigo con el demonio de ojos azules.

Se ve guapo, tengo que admitirlo. Y tan solo admitirlo hace que mis mejillas se coloreen. Su barba... que se la rebajó un poco le sienta bien, sus malditos ojos azules que me atrapan. Su traje azul combina con sus ojos, creando una perfección entera.

Parece un Dios.

Pero es un jodido demonio.

—¿Qué hace aquí? —carraspeo un poco, mi garganta se secó.

Él se cruza de brazos.

—Estaba esperándote.

—¿Y para qué, señor Agatone?—doy una vuelta al escritorio y recojo mi bolso, junto una carpeta de papeles.

—Basta Stella, puedes tutearme—suelta con fastidio.

—¿Qué dirán los demás empleados?—inquiero con nervios.

Constantine rueda sus ojos.

—Me importa una mierda, Stella. De todos modos...

—Nuestra relación saldrá a la luz, sí.

El demonio asiente.

Vuelvo a carraspear. La garganta se me está secando mucho.

—¿Entonces? ¿Para qué me esperabas?

—Quería llevarte a almorzar—se balancea en un pie.

Toma una postura relajada.

—Sí, ok. Me gustaría. Muero de hambre—acepto.

Constantine ladea una sonrisa.

Salimos del edificio y Constantine se dirige a un restaurante. En el trayecto me pregunta cómo me fue, cómo me sentía respecto al ambiente nuevo. Se sentía un poco raro, tomar un trabajo de un momento a otro. Ya va a pasar un mes desde que se apareció en mi cuarto, va a pasar un mes desde que puso mi cabeza patas abajo firmes.

Mi madre ya está acostumbrándose a la nueva casa, los niños ya empezaron a ir a la escuela, y he estado incitando a mi madre a que entre a la Universidad. Todo es gracias al demonio que está conduciendo a mi lado.

He abierto un poco más mi mente, y creo que no está mal lo que está pasando. Él me está dando tiempo,a que me sienta cómoda conmigo misma y con él. Nos estamos dando el tiempo de conocernos... Y creo que debería disfrutarlo.

—Muy bien, ¿qué te parece éste lugar?

—Se ve... cómodo—encojo un hombro.

Nos bajamos.

El ambiente es relajado, con música urbana, y lo que está en el menú se ve delicioso.

Disfrutamos de la comida, hablamos entre nosotros, nos desenvolvemos mejor. Tengo que decir que el demonio parecía estar disfrutando de nuestra plática y de preguntas sin sentido. Le hice preguntas sobre su niñez, que me contara cómo era allá abajo y no dijo mucho.

Se puso incómodo e intercambié la conversación.

Al terminar, me llevó a casa. Eran como las tres de la tarde, y me dijo que no tenía porqué volver al trabajo, que podía revisar los papeles desde casa y llevarlos mañana.

—Gracias, Constantine—le sonrío—. La pasé muy bien, fue divertido.

Movió su cabeza lado a lado.

—Bueno, sí, estuvo bien.

Hice un puchero.

—¿Solo bien?

Sus ojos repararon en mis labios. Que estaban entrompados por mi puchero.

—Bueno, no... me gustó hablar...

—¿Mmm?—lo incité a terminar.

Cada vez estaba más cerca.

—Contigo. Eres divertida, Stella.

Sonrío.

—Lo sé.

Ya podía sentir su aliento y respiración contra mi nariz y mis labios.

Me puse nerviosa.

—¿Puedo?

¿Me está preguntando que si puede besarme?

«Está pasado de muy caballero. Parece irreal»

—Sssí.

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