El rugir de mi estómago no me dejó dormir en toda la noche. La pasé horrible, pero, al menos, ya era hora de ir a la universidad y de camino, podría parar en algún restaurante de comida rápida y pedir algo para desayunar.
—Hola hija, ¿qué te pasó en la cara? —Mi madre me mira raro desde la cocina al yo bajar las escaleras principales de la casa.
—Se llaman ojeras mamá... no dormí bien. —Me acerco a la cocina y solo veo dos tazas de café sobre la encimera; usualmente, son tres. —¿No hay café? —Pregunto señalando las tazas.
—No, lo siento hija, no alcanzó para una tercera. —Toma...