Cuando amaneció al día siguiente, Eos se encontraba resguardada en los brazos de Perseo, el hombre que la había hecho experimentar emociones intensas a lo largo de la noche. Mientras sus ojos comenzaban a abrirse, Perseo, le obsequió un suave beso en la frente.
—Mi hermosa ninfa, estaba esperando que despertaras para bajar a desayunar. ¿Te ayudo a bañarte? —le expresó con ternura mientras se incorporaba en la cama para cargarla y llevarla al baño.
Eos sentía que cada músculo de su cuerpo le recordaba la pasión de la noche anterior. Se aferró a su cuello con una sonrisa traviesa.
—Lobo pervertido, no te aproveches de mi cuerpo —haciendo puchero...