Eros volteó para mirar a su hija y en cuestión de segundos, sus ojos pasaron de un semblante asesino a una expresión mansa y gentil. Con cuidado, retiró el cuchillo de su mano y lo depositó sobre la mesa. Después, alzó a Eos entre sus brazos y la acomodó nuevamente en su asiento.
—Alfa guapo, quiero sentarme en tus piernas para curar tu manito —articuló Eos haciendo puchero.
Eros y Hércules estaban completamente ablandados por el amor; Hércules estaba enamorado de su cachorra hasta la médula, y a Eros la emoción le llenaba el corazón por completo. Él simplemente deseó complacerla, sabía que su mano se curaría sola en unas...