En cuanto la vio en esa camilla conectada a esas decenas de cables, sintió su mundo desmoronarse y tuvo que cubrirse la boca para que no la escuchase llorar.
La escena era devastadora. Tenía ambas piernas enyesadas con clavos atravesándolas. Su cabeza estaba vendada, su rostro lleno de rasguños y heridas, las mismas que tuvieron que cocer. La marca más grande que tenía en su rostro medía alrededor de ocho centímetros y se ubicaba en el pómulo izquierdo. Sus brazos tampoco se habían salvado del impacto. Una de sus manos estaba enyesada, en tanto la otra tenía cicatrices de entre quince y veinte centímetros, realmente desconsolador el cuadro.
- Tranquila,...