Hacia un par de días que Emma comenzó a hacer de su vida una nueva rutina, lo necesitaba, le ayudaba a no pensar, no recordar y por consiguiente, no desear aquello que ya no podía tener. El vacío en su pecho era tan grande que lo llenó con toneladas de trabajo, negociaciones, estudios y entrenamiento, no dormía más de cinco horas diarias, si se tomaba más de ese tiempo, las pesadillas comenzaban a buscarla, reclamarla en la inconsciencia.
Aquella mañana tomaba su café en una privada y pequeña cafetería a un par de calles de su edificio, con una vista privilegiada del Queen Elizabeth Park, siempre en la misma mesa,...