Alba caminó con lentitud hacia la salida. Con el corazón destrozado y la desesperanza reflejada en su rostro, estaba a punto de abandonar la droguería cuando de pronto sintió que alguien tocaba su hombro. Volteó y observó a una señora de unos sesenta y más años, de mirada dulce, de finas facciones, de rostro apacible.
-Muchacha disculpa que me entrometa, escuché que necesitas unos remedios para tu niño -mencionó con su delicada voz.
Alba se secó un poco las lágrimas con las manos.
-¡Mi hijo se muere! -exclamó, y volvió a llorar sin consuelo, la amable mujer la abrazó, tratando que se tranquilizara, compartiendo el dolor de aquella joven, que...