El olvido era un destino cruel, incluso, quizás el más cruel de ellos.
El olor a carne quemada inundaba lo profundo de los bosques de Sibiu, proveniente de la vieja abadía abandonada en medio de ellos. Giles arrojaba las partes desmembradas de un cuerpo más, de los muchos que se habían acumulado de su “noche de cacería”, junto al viejo cazador Bennet. Mirándolos quemarse lentamente, el hermoso lobo albino meditaba en silencio; ninguno de ellos tenía un nombre, o al menos, no se lo habían dicho. Conocía perfectamente las leyendas que dieron origen a los vampiros; como un Levana sería un insulto no conocerla.
Nada de eso tenía importancia alguna...