La tormenta se había convertido en una lluvia ligera. Génesis miraba las gotas de agua resbalando lentamente en los cristales de la ventana de aquella habitación de hotel, sentada desde la cama. Los hermosos gemelos dormían plácidamente después de tan estrepitoso escape, pero la mente de la loba blanca, que iba y venía entre un pensamiento y otro, no la dejaba dormir. Sus ojos violetas estaban nuevamente perdidos. Sus labios entreabiertos aun conservaban en ellos la cálida sensación de la piel de Artem Kingsley. Los sentimientos que aun guardaba hacia él, le calaban hondo en el pecho, y la creciente ansiedad sobre todo lo que estaba aconteciendo, la mantenían sumida...