Acostada bajo su cuerpo duro y cálido, intento recuperar la conciencia y el aliento. Me pregunto si siempre será así. Él consigue lo que quiere, así que probablemente siempre será así. Tengo que aprender a manejar esta situación. Tengo que practicar y aprender a decirle que no. Me río ante la ridiculez de lo que estoy pensando. No voy a decirle nunca que no.
Se apoya en las manos y caigo en la cuenta de que no hace ningún gesto de dolor.
—¡Tu mano! —grito.
La levanta y veo que sigue un poco amoratada, pero la inflamación ha desaparecido.
—Está bien. Lily me obligó a tenerla metida en hielo casi...