Su enorme pecho se expande y levanta la mano para quitarse las gafas. Ojalá se las hubiera
dejado puestas, porque la extraña visión de sus ojos confirma mis temores. Está preocupado, y eso
no le pega al grandullón.
—Nick, tienes que venir aquí ahora mismo. Deja que la policía se encargue.
Marck separa el teléfono de la oreja y oigo cómo mi marido chilla, enfadado. No entiendo lo que
dice, pero sus gritos de frustración valen más que mil palabras. Mencionarle la intervención de la
policía tampoco ha sido buena idea.
—¿Quién es ella? —repito con los dientes apretados mientras mi respiración empieza a
acelerarse. Estoy ansiosa y asustada, aunque...