Después retira la mano y me propina un puñetazo. Grito y mi cuerpo se dobla para protegerse.
Me cubro el vientre con los brazos en un intento de resguardar a mis pequeños. Ella también está
gritando, y me saca de los pelos del despacho de Nick al inmenso espacio diáfano del ático.
—¡Deberías haberlo dejado! —chilla tirándome al suelo y pegándome patadas.
El dolor se apodera de mi cuerpo y las lágrimas comienzan a brotar de mis ojos. Si lograra
superar el dolor y la sorpresa, creo que podría reunir fuerzas para hallar mi ira. Está intentando
matar a nuestros hijos.
—¿Qué tiene ese cerdo inmoral que te tiene tan...