Cerré los ojos y sentí la niebla del sueño. Me tumbé de espaldas, con el brazo cruzado sobre la cara, mientras los sollozos me sacudían el cuerpo. Nunca había sido una persona que llorara, pero ella me hizo algo que no podía explicar. La llamé a gritos, aunque sabía que no podía oírme. La necesitaba, sólo quería que estuviera conmigo. No necesitaba ni quería sexo, ni siquiera necesitaba gustarle. Podía estar gritándome, gritándome merecidos insultos, y yo estaría bien mientras estuviera cerca de ella.
Siempre y cuando podamos estar juntos.
Mis ojos se posaron en unas fotografías familiares que estaban colocadas en la repisa de la chimenea, al otro lado...