Con cuidado, me puse unos pantalones cortos y una camiseta para dormir. Moví el edredón y me metí en la cama. Su cara estaba frente a mí y lo miré.
Me sentí dolorosamente avergonzada por no haber dicho una palabra. No le mostré lo suficiente de mí, y nunca pensé en ello. Lo único que quería entre nosotros era felicidad y mucho amor. Que me había olvidado de dejarle entrar, de la manera que debía. No lo acaricié, pero lo miré con tanta incomodidad en mi corazón que comencé a preguntarme si era lo suficientemente digna de tenerlo en mi vida. Nunca lo dije, porque en mi mente cada vez...