VICTORIA
Llegamos al registro civil e hicimos todo el protocolo de rigor, el juez leyó todas las cláusulas y firmamos el acta junto a dos extraños que nos hicieron el favor de ser nuestros testigos, luego el baboso puso una gran piedra de unos 5 quilates en mi dedo y entonces fuimos declarados marido y mujer, sonreí satisfecha celebrando el comienzo de mi maravilloso futuro aunque fuera junto a este ser desagradable al que odio.
—Puede besar a la novia— dice el juez mientras nos miramos con asco.
—No, gracias. — responde alejándose de mí, me molesta que se crea mejor que yo.
—Acaba de salir de de un virus...