Quizás soy una adicta. Tal vez él sea mi propia droga personal, mi propio tipo de licor. Cuando lo miro ahora, en el asiento delantero, conduciendo, no puedo evitar pensar en girar el volante y chocar contra el monstruoso árbol que está justo adelante. Es el llamado del vacío. Es ese segundo en el que la verdadera oscuridad dentro de mí se filtra y toma el control. Mis ojos se fijan en el volante, mi mano se aferra a mi camisa, y luego miro por la ventana.
A veces trato de hacer cosas que son buenas para mí. Me convenzo de que no voy a ceder de nuevo, pero cuando...