En la sala hospitalaria, la tensión flotaba en el aire. Fernando , herido, pero aún lúcido ante la gravedad de la situación, observaba impotente mientras su esposa permanecía en un estado de inconciencia.
Desesperado, se enderezó en la camilla y aferró con fuerza la mano de la enfermera.
—Señorita, mi esposa está embarazada. ¡Por favor, ayúdenla! —suplicó.
La enfermera, intentando calmarlo, respondió:
—Señor, tranquilícese, por favor. Estamos haciendo todo lo posible. ¡Cálmese!
—Ella tenía un sangrado, y con el accidente podría estar peor. Deben saberlo.
—¡Entiendo, señor! Déjeme ver qué puedo hacer. —Ante las súplicas de Fernando , la mujer corrió hacia donde se encontraba Virginia y comunicó al médico...