La luz del día de me despertó y me reincorporé de inmediato en la pequeña cama. No recordaba en que momento me había quedado dormida, pero amanecí – gracias a Dios— con mis manos y pies desatados y arropada con otra cobija. Me la quité de encima, molesta y asqueada con el solo hecho de saber que había sido Stuart quien me arropó.
El descanso me ayudó, aunque haya sido contra mi voluntad, porque me sentía más despierta, centrada y con más fuerzas que antes. La habitación era pequeña, su única ventana también estaba entablillada. Un gran bolso con alguna de mis pertenencias estaba en una esquina de la habitación,...