Henrick intentaba hacer de aquel beso una caricia apasionada, pero Eloísa no le permitía llevar a cabo sus intenciones. La mujer no dejaba de retorcerse y suplicar, como si su simple toque fuese un carbón ardiente.
El ego de Henrick se estaba viendo fuertemente pisoteado ante aquella reacción. Le molestaba, le molestaba demasiado.
—No te lo pienso repetir, quédate quieta—exigió separándose apenas de sus labios.
—Déjeme, por favor. No quiero hacer esto—suplico Eloísa con sus ojos llorosos, haciendo a un lado su actitud fuerte.
Henrick maldijo en voz baja y se apartó, su mirada se oscureció y el odio que sentía se hizo más notorio.
—Mañana regresaré y espero que...