Mientras caminaba, uno de ellos extendió la mano para intentar agarrar mi brazo. Me quedé congelada, mis ojos se desviaron hacia la celda. El hombre parecía tener alrededor de treinta años, tenía el cabello castaño que ahora le cubría los ojos y no se veía en lo más mínimo limpio.
—¿Qué tal si entras aquí y pasas un rato con un hombre solitario? —pregunta sonriendo, pero pronto un gruñido resuena por toda la habitación. Levanto la cabeza y veo a Gris al pie de la primera escalera.
—Más te vale quitar esa mano de mi compañera, antes de que te la arranque —gruñe, dando pasos lentos hacia nosotros. El tipo...