—¿Qué opinas? —preguntó Isla llamando la atención de su madre que estaba concentrada en una revista de tejido.
Ella la observó de pies a cabeza con una enorme sonrisa en el rostro.
—Como siempre estaba en lo correcto, te queda perfecto. Tu cita se quedará con la boca abierta.
Isla se miró y, aunque también le gustaba su vestido y la hacía sentirse sexy, no estaba segura si era la prenda adecuada.
—Creo que es demasiado. Quizás debería cambiarme.
Una notificación llegó a su celular avisándole que su taxi ya la estaba esperando afuera.
—Ya no tienes tiempo.
Soltó un suspiro y tomó su cartera.
—Llámame si me necesitas y volveré de inmediato.
—Puedo cuidar de mí misma, ve y diviértete. —Su madre sacudió las manos para botarla—. Y recuerda, no hay toque de queda —ella le dio un guiño.
Isla sonrió y se acercó para darle un beso.
El taxi estaba esperándola estacionado frente a la puerta de su edificio. El conductor la saludó tan pronto subió para luego quedarse en silencio por el resto del viaje.
Isla se perdió en sus pensamientos mientras miraba a través de la ventana. No recordaba cuando había sido su última cita, probablemente mucho antes de que su madre enfermara, así que estaba un poco nerviosa.
Cuando Mattia se había acercado a ella, unos días atrás, durante la hora del almuerzo, para invitarla a salir, Isla se había quedado en silencio.
Su propuesta la había tomado por sorpresa. Ella había estado demasiado concentrada en su trabajo y había pasado por alto cualquier señal de interés que él le pudiera haberle dado.
Mattia era un tipo agradable. Se había dado cuenta en su primer mes en la constructora Morelli que se llevaba muy bien con todo el mundo.
Así que no fue una decisión difícil de tomar. Como su madre le había dicho, necesitaba vivir un poco más, y salir a citas parecía un buen comienzo.
—Muchas gracias.
Bajó del auto y le dio un rápido vistazo a la hora en su celular. Llegaba a tiempo, pese a todo el tráfico.
Se dio un último vistazo antes de entrar al restaurante tratando de mantener su nerviosismo bajo control.
—Su nombre, por favor —dijo una joven muy amable en la recepción.
—Isla Rietti.
La joven revisó la libreta sobre su mesa y dio un asentimiento.
—Su cita ya está aquí. Acompáñeme, por favor.
Mattia se puso de pie al verla acercarse.
—Alguien estará con ustedes en un momento para tomar sus órdenes.
—Está bien —respondió Mattia.
Él se acercó a darle un beso en la mejilla en cuanto se quedaron a solas.
—Estás hermosa.
—Gracias, espero no haberte hecho esperar demasiado.
—Para nada, también llegué hace unos minutos.
Mattia le acomodó la silla y esperó que se sentara antes de volver a su lugar.
—¿Qué te gustaría ordenar? —preguntó él señalando la carta.
Isla levantó su carta y observó entre algunas opciones. Se inclinó por fetuccini al pesto y una copa de vino.
—Nunca había estado en este lugar —comentó, mirando alrededor—. Es muy lindo.
—Yo tampoco, me lo recomendó un amigo. Me alegro de haberle hecho caso.
Los dos sonrieron.
Su nerviosismo inicial desapareció pronto. Mattia no solo era alguien atractivo, sino que también tenía un grato sentido del humor.
—Es suficiente para mí —dijo cuándo el mesero volvió con la botella de vino.
Había bebido dos copas de vino y ya podía sentir el alcohol haciendo efecto en su cuerpo. Aunque disfrutaba de un buen vino de vez en cuando, incluso en la soledad de su habitación, prefería no excederse.
El mesero se giró hacia Mattia y se marchó cuando él también se negó.
—¿Te gustaría dar un paseo? —preguntó Mattia.
—Por supuesto y me gustaría escuchar el fin de esa historia.
—Ni siquiera sé porque te lo conté, para comenzar. Es algo vergonzoso.
Isla soltó una carcajada.
—Tienes razón, pero no pienso quedarme con la curiosidad.
Mattia insistió en pagar la cuenta y luego abandonaron el restaurante. La brisa fresca de la noche, la recibió y la ayudó a espabilarse un poco.
—¿Así que? —preguntó en cuanto comenzaron a caminar. Se dio cuenta que, sin proponérselo, no dejó que sus cuerpos se rozaran.
—Tenía la esperanza de que lo dejarás estar.
—No soy esa clase de persona —replicó, con una sonrisa.
Mattia retomó su historia.
Aprovechó la privacidad que brindaba la tenue iluminación para mirarlo de reojo.
Mattia era lindo, en especial cuando sonreía, pero eso era todo. No había una conexión. Tampoco sentía una energía llamándola a actuar con imprudencia.
Era muy diferente a estar con Horatio. El solo compartir espacio con él, la volvía irracional. Se preguntó cómo habría sido salir con él, de haber aceptado su invitación.
En las últimas semanas los dos habían establecido algo parecido a una amistad.
Horatio no había vuelto a invitarla a salir, ni a besarla. A veces lo atrapaba mirándola con una intensidad que le provocaba un escalofrío, pero no pasaba nunca de eso.
No tenía el valor de aceptarlo en voz alta, pero había soñado despierta con aquel beso más de una vez y con que se volviera a repetir. Y, más de una noche, en la soledad de su habitación se había imaginado lo que habría sucedido si no los hubieran interrumpido.
Isla había olvidado las razones de porque involucrarse con él era una mala idea en cuanto Horatio la había besado. Era difícil saber hasta dónde lo habría dejado llegar.
—Creo que te he aburrido —dijo Mattia sacándola de su burbuja.
Isla se sintió culpable. Estaba en una cita con él mientras su mente estaba pensando en otro hombre.
—No, para nada. Está ha sido una cita increíble.
—Entonces, ¿es demasiado pronto si te invito a salir otra vez?
—Yo… —Buscó una manera de rechazarlo sin lastimarlo—. Lo pensaré —dijo al final—. Creo que es hora de irme.
—Déjame llevarte.
Isla estaba cansada como para esperar por un taxi.
—Está bien, gracias.
Regresaron algunas cuadras hasta el lugar donde Mattia había dejado su coche.
Isla le dio la dirección de su casa y viajaron en silencio.
—Aquí está bien —dijo y agarró la manija del auto—. Gracias por traerme.
Cuando Mattia se inclinó, ella le ofreció la mejilla.
—Por supuesto, que descanses.
Isla bajó del auto con una sonrisa decaída. Aunque la cita no había ido mal, tampoco sentía que hubiera sido todo un éxito.
La lámpara sobre uno de los muebles en la sala era la única encendida.
Se dirigió de puntillas hasta su habitación para no despertar a su madre. Cerró la puerta con cuidado, se lanzó sobre la cama y durante algunos minutos solo observó el techo de su habitación.
En algún momento tomó las fuerzas necesarias para desnudarse y meterse bajo las cobijas.
Tan pronto cerró los ojos, la imagen de Horatio apareció frente a ella. Él tenía aquella sonrisa que tanto la exasperaba y la miraba, presuntuoso, como si, aun sin estar allí, estuviera al tanto de que su cita había ido mal y le alegrara.
—¿Cómo te fue en tu cita? —preguntó su madre la mañana siguiente mientras desayunaban.
—Bien —dijo con una sonrisa.
Su madre entrecerró los ojos.
—Es en serio —dijo a la defensiva. No estaba segura de a quien trataba de convencer, si a su mamá o a ella misma.
La noche anterior había dado muchas vueltas en la cama antes de quedarse dormida. Había rememorado su cita varias veces mientras se repetía que sí tenía una conexión con Mattia, pero que no había podido verla porque estaba cegada por el deseo que sentía por Horatio.
— Mattia fue muy amable desde que llegué.
—¿Eso es todo lo que dirás?
—Saliste con un hombre después de mucho tiempo y no vas a dejarme tratando de averiguar de cómo salió. Eres despiadada.
—Eres demasiado entrometida.
—Soy tu madre, es mi trabajo. Ahora, dime porque no veo chispas saliendo de tus ojos.
—Has visto demasiadas comedias románticas.
—Muchachita, no trates de cambiar de tema.
Soltó un suspiro de resignación.
Su madre la conocía demasiado bien.
Isla comenzó a contarle la cita desde el principio mientras ella la escuchaba atentamente.
—Tenemos muchas cosas en común y creo que podríamos ser buenos amigos, pero nada más —terminó.
—¿Y eso te decepciona?
—Quizás un poco.
Su sentido común le decía que volviera a intentarlo con Mattia, pero sabía que nada iba a cambiar.
Isla quería al hombre del que debía mantenerse lejos.