—No puedes culparte por eso, Germán. No fue tu culpa. ¿Cómo podías saber que mi propia madre dejaría que alguien me violara? Y si no fuera por ti, él habría hecho algo mucho peor, así que, en lo que a mí respecta, me salvaste —le digo.
—Rose, yo—
—Mira, lamento mucho la forma en que te traté. No estoy completamente bien, pero estoy intentando. Realmente espero que puedas perdonarme, Germán, y si no puedes, lo entenderé —digo, caminando inconscientemente más cerca de él.
—No puedo perdonarte, Rosalía, porque no hay nada que perdonar. No hiciste nada malo —dice mientras me abraza.
Se sentía maravilloso estar cerca de él nuevamente; era...