chapter 4 Enorme

chapter 4 Enorme

El enorme portón negro es abierto dando acceso a la joven Willow que no duda en entrar a la residencia François; una enorme y lujosa mansión de muros altos, color predominante blanco y madera natural, con ventanales de vidrio en la fachada. El amplio jardín se encuentra en perfectas condiciones, haciendo que el sitio parezca de cuentos de hadas para la chica que mira todo anonadada.

Se acerca a la puerta de madera y presiona el timbre, inmediatamente es abierta mostrando a una mujer bajita vistiendo un uniforme.

—Buenos días, ¿En qué la puedo ayudar?

—Hola, soy Willow, y vengo a ver a la señora, eh... —revisa el papel que le ha dado el señor Hanks—. Susanne.

—Oh, claro, pasa —la mujer se hace a un lado permitiendo la entrada de la chica—. Le avisaré que has llegado, aguarda uno minutos.

—Vale.

La mujer se marcha escaleras arriba, dejando a Willow en el living. Es inevitable para la chica no barrer la mirada en cada rincón del interior de la casa que derrocha lujo por todos lados. En una de las paredes blancas hay fotografías, pero una en particular llama la atención de la joven, sin embargo cuando está a punto de verla de más cerca, oye el repiqueteo de unos tacones.

Ladea la cabeza viendo aparecer a la señora que sin querer le derramó el café.

—Buen día —saluda la mujer con una impecable sonrisa, gesto que le parece falso a Willow—. ¿Eres la chica que está interesada para el puesto?

—Así es señora —emite educadamente—. Por cierto, me llamo Willow.

Extiende su mano, pero la señora Susanne no la estrecha, haciendo que la joven la baje avergonzada.

—Eso es lo que menos importa, linda. Iré al grano, tengo una reunión en veinte minutos y no quiero ser impuntual, eso no es lo mío —dice mirándose en el espejo que cuelga en una de las paredes.

—Bien.

—Imagino que Hanks no te comentó de qué trata el trabajo, ¿Cierto?

—No, señora —responde la joven.

—Bueno, busco una persona responsable que atienda las labores de la casa; limpieza en los baños, las habitaciones y si se requiere en mi estudio. Aunque este último es solo con mi permiso, y también hacer las compras cuando Julia no pueda —explica señalando a la señora que le tiende un taza de café—. ¿Tienes experiencia en lo recientemente nombrado?

—Sí, un poco. Pero soy buena aprendiendo —se apresura a decir.

—De acuerdo, entonces si no hay otra duda, tienes el empleo —dice sin más.

—¿De verdad, así de fácil, no me hará una prueba ni nada?

Susanne negó.

—No lo creo necesario, además Julia se encargará de explicarte cada una de las labores —informa mientras le da el último sorbo a su café—. Bueno, entonces si no hay nada más, ya me voy.

Se encamina a la salida, pero su empleada Julia le recuerda que debe llevar los regalos para la fundación.

—Vaya, casi lo olvido. Menos mal te tengo a ti querida —cuelga su bolsa en el antebrazo y le pide al chófer que cargue con los regalos—. Ah, Winnie, puedes empezar hoy.

—Es Willow... —corrige, pero la señora Susanne ya ha cruzado la puerta.

—Descuida, la señora es así con todos —habla Julia plantándose a su lado.

—Ya veo —murmura la joven—. ¿Qué debo hacer primero?

—Sígueme —las dos se dirigen a la segunda planta e ingresan en una de las habitaciones—. En la planta alta están las recámaras y baños y en planta baja se encuentra el recibidor, cocina, comedor, y sala.

Julia abre el armario y saca el uniforme que le tiende a la chica.

—¿Debo usar eso? —hace una mueca.

—Es una de las reglas de la señora Susanne.

—¿Hay más reglas? —ella asiente y Willow bufa—. Genial, con lo que me encanta acatarlas.

Julia le da una sonrisa ladeada, quizás sintiendo pena por la joven.

—Te espero abajo —dice retirándose.

La joven se despoja de su ropa y se coloca el uniforme gris. Recoge su cabello cobrizo en una coleta alta y desprolija, se mira en el espejo notando su reflejo en el.

—No está tan mal —dice para si misma.

Decide bajar al primer piso donde Julia le ha dejado los implementos de limpieza, desde esponjas y paños, detergente, lavavajillas, la mopa y el balde de agua.

—El hijo de la señora Susanne viene de visita, por lo que se necesita tener lista su habitación —explica Julia cruzando el living—. Su dormitorio está en la primera puerta a la derecha.

—Vale, gracias.

Willow regresa a la primera planta y tal como le dijo Julia, ingresa a la recámara que debe ordenar. La estancia está en penumbras, por lo que con torpeza logra encender el interruptor de luz, iluminando la habitación. A la joven le parece muy grande y amplia, ya que no acostumbraba a tener un lugar así, por lo que es algo abrumador ver tantos muebles costosos. La cama es enorme y se nota que también es exquisita, piensa la chica pasando los dedos en la suave sábana, sintiendo ganas de arrojarse a ella enseguida, sin embargo tenía que estar al margen, pues, la cama está demasiado pulcra como para que la arruinase en unos segundos.

Su vista se dirige al lado del ventanal, dónde un gran y espacioso armario de madera color negro se haya empotrado. La textura de ese es tan visible que aún a unos metros se notaba claramente. Aunque la mayoría de los inmuebles relucen, hay uno en particular que logra llamar la atención de Willow, se encuentra al otro lado del ventanal, dónde un pequeño buró con una luminosa lámpara, enfoca una preciosa fotografía enmarcada.

La joven curiosa, se acerca y lo ve, es un pequeño niño de mofletes regordetes y rojos. Luego está otro marco con más fotografías, que la chica supone se trata del mismo niño pero se aprecia más grande, casi podría asegurar que es todo un adolescente.

Después de cotillar las fotos, Willow se dispone a comenzar la limpieza, así que emprende su labor y decide iniciar por el baño.

—Bien, manos a la obra —emite en voz alta.

(...)

Kyllian no se había podido negar a las insistente peticiones de su madre para que asistiera a una cena con ella. Así que no le quedó de otra que hacer espacio en su ajetreada agenda, para poder venir a la mansión dónde creció.

Julia abre la puerta tras escuchar el timbre, al percatarse que es el hijo de Susanne le sonríe cordialmente.

—¿Cómo estás? —pregunta Kyllian con amabilidad.

—Muy bien señor.

—Que bueno, ¿Está mi madre? —inquiere quitándose el abrigo que cuelga en el perchero.

—No señor, se ha ido a una reunión en el orfanato —informa la mujer.

—Oh, cierto. Gracias —le regala una sonrisa de boca cerrada y se dirige a las escaleras.

Le urgía darse una ducha, en la mañana su secretaria había derramado café en su camisa, por lo que tenía todo el tórax pegajoso y oloroso a café. Cruza el pasillo que conduce a su recámara e ingresa a ella encontrando las luces encendidas. Sin embargo no le presta atención a eso, y comienza a desvestirse quedando en ropa interior. La joven Willow no se ha dado cuenta de que él está allí, siquiera ha notado la presencia de kyllian que se encamina al baño apresurado. Como ya ha terminado la limpieza, se dirige a la puerta, pero justo Kyllian viene entrando y siente un cuerpo delgado chocar contra su pecho desnudo, haciendo que la chica pierda el equilibrio y suelte un gritito pensado que caerá a las resbalosas baldosas, no obstante, unos fuerte brazos la sujetan de las cadera. Si no fuera por ellos, se hubiera llevado un buen golpe en el trasero.

—¿Estás bien? —una voz grave que ha escuchado antes la hace levantar la miranda, encontrando ese par de zafiros azules que la observan preocupado.

Se queda viéndolo anonadada, sin poder creer que se trate del mismo hombre de aquel día lluvioso. Para la joven es como si fuera el destino que los estuviera juntando, aunque no es creyente de ello, no tenía otra explicación.

Kyllian se aclara la garganta un tanto incómodo por la situación tan comprometedora en la que se encuentran. Él medio desnudo mientras sujeta a una chica por la cintura. Le parece tan cliché todo aquello, que es inevitable no elevar las comisuras de sus labios.

Willow se separa abruptamente mostrando al fin su rostro, que estaba siendo cubierto por su cabello cobrizo. Pero al bajar la vista al cuerpo del hombre, abre los ojos desmesuradamente dándole la espalda.

—¡E-está casi desnudo! —balbucea con las mejillas encendidas—. No tenía idea que había llegado, de lo contrario ya hubiera salido de su habitación. Pero tampoco soy adivina para saber, usted apareció de pronto y... Oh dios, que vergüenza.

Kyllian aprieta sus labios para no reír, le parece un tanto graciosa toda esa situación. Pero se contiene, ya que a la chica se muestra bastante incómoda. Jamás imaginó que volvería a verla, así que lo la tomado por sorpresa encontrarla en casa de su madre, sobre todo allí en su habitación.

Agarra la toalla que cuelga en una de las perchas y la enrolla en su cintura.

—Me he cubierto con una toalla, puedes voltear —le dice Kyllian saliendo del baño.

La joven Willow aparta las manos de su rostro y gira su cuerpo, pero el hombre ya no está. Por lo que recoge los implementos de limpieza y se dispone a retirarse de allí, pero la suerte parece no estar a su favor, ya que uno de sus pies se enreda con el trapeador, ocasionando que caiga al suelo soltando todo lo que llevaba en manos.

—Mierda —susurra en voz alta mientras cierra los ojos, pidiendo que la tierra se abra y la trague viva.

—¿Siempre eres así de torpe? —aparece Kyllian vistiendo solamente un pantalón de mezclilla.

Willow gira la cabeza a su dirección y se atraganta al ver el torso desnudo de aquel Adonis. Su mirada baja lentamente por los pectorales perfectamente tonificados, él es equilibrio perfecto entre cuerpo, ojos y cabello; y es que su pecho perfecto, sus brazos y piernas super provocativas, sus ojos de azul intenso que encantan y su cabello negro con matices de claros lo hacen irresistible para la joven. Casi parecía un modelo de esos de revistas.

Kyllian aclara su garganta llamando la atención de la chica, que se ha quedado observando su cuerpo con más detenimiento de lo habitual. La jovencita abre la boca para hablar, sin embargo la puerta es abierta de pronto mostrando a Julia.

—Disculpe señor Kyllian —se apresura a decir en cuanto lo ve sin camisa—. Venía a buscar a Willow.

La nombrada la mira y termina de recoger los implementos para luego dirigirse a la puerta.

—Vale. No sabía que mi madre había contratado a otra empleada —comenta viendo a la chica que intenta pasar desapercibida—. Y muchos menos estaba enterado que eras tú.

Willow muerde el carril izquierdo de su mejilla con evidente nerviosismo.

—Sí, su madre la contrató hace poco, señor —informa Julia observando la complicidad que traen ambos.

—Ya. Interesante —se limita a responder.

—Con su permiso, señor.

Julia ayuda a la joven con los implementos y se retiran de la habitación de kyllian.

—¿Se conocen? —pregunta la mujer a su lado mientras bajan las escaleras.

—¿Eh? No, no. Nada que ver, ¿por qué lo dices —desvía su mirada al suelo.

La verdad es que Willow no tiene ni idea de lo que acaba de suceder hace minutos, aún no asimila el encuentro con aquel hombre que despierta en ella un sentimiento indescriptible. Julia no insiste en el tema y se dirigen a la cocina.

—Hoy habrá una cena familiar, y asistirá el señor Jean Pierre, el abuelo de Kyllian. Él es un poco difícil de tratar, así que deberás comportarte con profesionalismo, si no créeme que no dudará en que te despidan.

—Pero, ¿Debo ser yo la que sirva la cena? —inquiere la chica nerviosa.

—Sí, la señora Susanne así lo ha pedido. Pero descuida, yo te indicaré lo que tendrás que hacer —la tranquiliza Julia.

—Uff, que alivio. Te lo agradezco —suspira Willow.

Al cabo de un rato, la familia François se encuentra reunida en el comedor de la mansión. Es inevitable para la joven no sentirse intimidada por aquella figura que a simple vista se nota autoritario. Willow no puede evitar sentirse nerviosa en un lugar así, menos con la presencia de aquel hombre, a sus ojos es alguien estricto. Jean Pierre se encuentra en la cabecera de la mesa con las manos entrelazadas sobre la misma, mientras tiene la mirada clavada en su llegada, lo que hace que se mueva con dificultad para empezar a servir la cena. La joven apenas se puede manejar y seguir manteniendo el aire en sus pulmones, piensa que en cualquier momento va a desfallecer, así que hace un esfuerzo sobrehumano para controlar el nerviosismo que azota su cuerpo y la vuelve un manojo de llaves. Lo último que quiere es fallar en su primer día de trabajo, sabe muy bien que si eso llega a pasar podría perder el empleo y no se puede permitir que algo así ocurra, porque necesita el dinero.

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