—Tiene una figura muy esbelta y de bueno atributos, estoy segura de que lucirá preciosa en su vestido de novia. — decía la modista contratada por Massimo, mientras le tomaba las medidas para el vestido que usaría el día de su forzada boda.
Sin responder palabra alguna, Aurora se negó a derramar lágrimas, aun y cuando se sentía completamente sola y devastada, y sentía aquella cintilla recorriendo su cuerpo calculando las medidas exactas para confeccionar un vestido que no tuvo la oportunidad de escoger ella misma; Massimo lo había escogido, y ella se había convertido en una preciosa muñeca a la que el magnate de cabellos rubios, tenía el derecho de vestir y usar como se le diera la gana hacerlo…después de todo, él la había comprado y se había convertido en su dueño.
Aun así, Aurora no estaba dispuesta a dejarse servir en bandeja de plata y lista para ser simplemente devorada. Mirándose en el espejo, recordó lo mucho que a Massimo le desagradaban las perlas; le causaban cierta tripofobia desde que eran niños, además de que el rubio siempre había sido algo supersticioso, y su desagrado por las perlas era también en parte porque una de las sirvientas les había dicho que estas joyas traerían mala suerte y muchas lágrimas en sus vidas, sobre todo si una novia las usaba el día de su boda. Sonriendo, la pelirroja dio el primer paso en la promesa que le había hecho a aquel miserable que la había comprado como si ella fuese tan solo un objeto sin voluntad: iba a convertir su vida en un verdadero infierno.
—El vestido es hermoso, pero lo siento algo simple. Me gustaría que le añadieran perlas al encaje, las quiero en todo el vestido. — ordenó Aurora.
Extrañada, la modista la miró con desconcierto.
—¿Está segura de eso? Las perlas suelen ser de mal augurio. — cuestionó la modista.
Aurora miró con molestia a aquella mujer.
—Mi prometido va a pagarle para hacer un vestido que me complazca usar en nuestro día mas importante, entonces, solo haga lo que le he pedido. — respondió la pelirroja.
—Como usted desee, señorita Bianco. — respondió la modista.
Una vez que se había quedado sola en la habitación que le había sido dada para habitar en la mansión Bensiali, Aurora se dejó caer sobre la cama. Aquel espacio era solo de ella, y mucho mas grande de lo que era el departamento que rentaba en la ciudad. Las paredes eran rosas, su color favorito, y los moldeados elegantes eran dorados. Había muñecas, ropa cara de diseñador, y un joyero con una linda bailarina repleto de joyas de oro y diamantes que podía usar cuando quisiera; todo el lujo que había en la alcoba, ahora le pertenecía, y, sin embargo, se sentía tan desgraciada como nunca antes lo había sido.
Mirando las cajas de cartón en las que sus cosas personales habían sido traídas desde su viejo departamento, resistiéndose a llorar las abrió con brusquedad y sacó de ellas su ropa normal y sus libros de la universidad. Abriendo el enorme y lujoso closet, Aurora arrancó de los ganchos toda aquella ropa cara y de diseñador y la arrojo a las mismas cajas que acababa de desocupar para colgar su vieja ropa. No iba a tomar nada que viniera de Massimo Bensiali, y si tenia que estar presa en esa jaula de oro, se aseguraría de ser tan molesta como fuera necesario serlo para atormentar a quien la compró.
En medio de aquel closet, y sin poder resistirlo más, Aurora finalmente lloró. Estaba sola, completamente sola; sus padres se habían marchado ya y sin despedirse de ella, y aun no había podido hablar con Leandro; y aun cuando pudiera hacerlo, no podría decirle la verdad que incriminaba a sus padres, pues sabía que su querido amigo no dejaría las cosas tan solo ser. Estaba atrapada en aquellas paredes, y sin nada más ni nadie más para consolarla…ella ahora, era la propiedad de alguien, y el solo pensamiento, la hacía sentirse desolada.
En su estudio privado, Massimo terminaba de leer los contratos que recién habían llegado esa mañana. B&H Tecnologías, era la empresa de tecnología que los Bensiali tenían en conjunto con los Hancock estadounidenses; su padre y su mentor habían querido que él se casara con la hija de dicha familia, Juliana Hancock, para así consolidar aún más su sociedad, pero él la había rechazado, y a pesar de ello aun parecían estar dispuestos a seguir con su unión comercial igual que antes, y así debía de ser. Firmando el ultimo de aquellos documentos, el magnate rubio sintió hambre, y llamando a su servidumbre, ordenó que la comida fuese servida, así como también ordenó que Aurora lo acompañara.
—Quiero que le digas a la señorita Bianco, que quiero que use uno de los vestidos que he mandado traer para ella. — demandó Massimo.
—Si señor. — respondieron los sirvientes.
Dos golpes sonaron en la puerta de la alcoba de Aurora, y una joven sirvienta entraba.
—El señor Bensiali desea que lo acompañe a comer, y también le ordena usar alguno de los vestidos que ha comprado para usted. La comida se sirve en veinte minutos, le ruego que no haga esperar al señor. — dijo la joven sirvienta para luego salir.
Haciendo un gesto de molestia e indignación, Aurora entró al closet y tomó unos simples vaqueros de mezclilla de la marca corriente que había usado siempre, y luego descolgó un viejo suéter de lana con cuello alto en color negro. Luego de vestirse, la pelirroja se sentó dentro del closet; si a Massimo no le gustaba que lo hicieran esperar, entonces justamente eso haría.
En el comedor, Massimo miraba su elegante reloj de bolsillo; habían pasado ya media hora desde que la comida había sido servida, y Aurora no se había dignado a aparecer. Giuseppe quien también esperaba sentado en el comedor familiar, miraba como la poca paciencia de Massimo se iba desvaneciendo. Cuando el rubio estuvo a punto de levantarse, finalmente la vio entrar…con la ropa vieja que habían traído de su departamento, y descalza. Sus cabellos estaban revueltos como si recién acabara de levantarse, y con una expresión de enojo que no se estaba esforzando por disimular. La servidumbre también se había quedado de piedra al mirar aquello.
—Lo siento, llego tarde, pero en realidad no quería venir. — dijo Aurora sentándose sin modales en la silla que estaba más alejada de Massimo.
Furioso, Massimo dio un golpe seco sobre la mesa.
—Pero ¿Qué te has creído al hacerme esperar tanto tiempo y porque no estas usando uno de los vestidos que te he comprado?, ¿Por qué demonios estás descalza? Luces igual que un vagabundo en mi mesa, y eso es inaceptable. — regañó Massimo con indignación.
Aurora se relajó en su asiento.
—Los sábados es un día de descanso, así que decidí hacer eso, descansar de zapatos incomodos y salir de la cama a la hora que quise, y sobre esos vestidos, en realidad nunca me ha gustado la ropa de diseñador y no me dio la gana usar ninguno, así que, si tanto te disgusta, mi prometido, te puedes ir mucho al carajo, no soy una muñeca a la que puedes vestir a tu antojo y llevar a tu lado como si no tuviera otras cosas que hacer. — respondió Aurora completamente atrevida y sagaz.
Algunas de las sirvientas más jóvenes rieron por lo bajo, mientras que el viejo maestro Giuseppe se encogió de hombros y miró hacia otro lado intentando disimular la risa que aquella respuesta le había provocado.
Perdiendo los estribos, Massimo se levantó abruptamente de la mesa.
—Salgan todos, tengo que hablar seriamente con mi prometida. — ordenó el rubio.
Apresurados, tanto los sirvientes como Giuseppe salieron del comedor para dejar sola a la pareja. Furioso por aquel reto que Aurora le lanzaba a la cara socavando su autoridad, Massimo caminó hacia la hermosa pelirroja, y la hizo ponerse de pie para luego arrinconarla contra una de las paredes. Mirandola a los ojos, tomó su barbilla entre sus dedos para apreciar la hermosura de su rostro, y de aquellos ojos verdes que igual que siempre lo miraron con desprecio.
—¿Por qué haces esto? — cuestionó el rubio.
Sin bajar la mirada, Aurora apretó los puños.
—Esto es lo que pasa cuando obligas a alguien a hacer algo que no quiere. — respondió la pelirroja.
Pegando su cuerpo al de ella, Massimo no dejó de mirarla a los ojos.
—Tu me perteneces, Aurora, te he comprado y harás exactamente lo que yo diga que hagas. — demandaba Massimo.
Aurora sonrió con enojo.
—Desgraciadamente para ti, Massimo, aún tengo conmigo mi voluntad, y aun cuando me has comprado, eso no significa que hare lo que me órdenes. Te hice una promesa, y si lo recuerdas bien, yo jamás rompo mis promesas…hare de tu vida, un infierno. Si no te gusta lo que obtienes de mí, puedes irte al demonio. — dijo Aurora con firmeza.
Mirándose a los ojos, ambos entendieron que el otro jamás iba a ceder, y sintiendo el suave aliento de Aurora, Massimo apretó entre sus dedos la barbilla de la pelirroja, y la besó por la fuerza. Separándose de ella, Aurora lo miró con rencor, y una lagrima amenazaba con derramarse de sus ojos.
—Pues que así sea entonces, Aurora, ambos nos hundiremos en el infierno, porque no te voy a dejar ser libre jamás. — respondió Massimo.
Empujándolo, Aurora corrió hacia su habitación derramando lagrimas que no permitió que Massimo viera…aquel había sido su primer beso.