Aquella mañana el canto de las aves los despertaba. Aurora abría los ojos, sintiendo el reconfortante calor de Massimo abrigándola después de tan terrible suceso que había casi logrado arruinar tan hermosa velada que habían estado pasando en el baile de Halloween. La pelirroja sonrió al mirar a su esposo durmiendo plácidamente, y la neblina que nacía del lago frente a ellos, daba un espectáculo de sombría belleza extraordinaria. Se habían bañado juntos sin hacer nada más que ayudarse mutuamente a sacar los restos de aquella pintura que con tan mala intención habían arrojado sobre ella, y luego habían regresado a aquellos cómodos sofás exteriores a sentarse e intentar olvidarlo...