Se acercaban días soleados para los ciudadanos de Londres, los titulares de los periódicos vaticinaban cielos despejados y excelente estabilidad para festivales, el Londres Lite publicó una columna sobre el nuevo romance que tenía a todo Londres desviados de la tragedia que había acontecido a las Hamilton la semana pasada, y que tenía como protagonista a la más joven de ellas, y es que el amor estaba en el aire, así detalló el columnista, quien agregó, que la alta sociedad se encontraba enternecida con la parejita del año; Esme Hamilton y Carlisle Woodgate.
Pero no todo era un lecho de rosas. En las sombras de la opinión pública, la pareja no había cruzado más palabras que en las mesas de té organizadas por sus padres, en las que deliberaban, a veces hasta sin su aprobación, como se realizarían los sucesos a continuación.
—Londres Lite ha sugerido que la boda debería realizarse en estos días puesto a que el clima estará cálido. —contó asidua Erica, la joven esposa del conde Woodgate, mientras desayunaban.
Carlisle contemplaba el té mientras se dejaba irse, como si no estuviese en la habitación, y como si estuviese exento de todo tipo de responsabilidades. Se había cumplido un poco más de una semana que su primera prometida no aparecía, se sintió repleto de cinismo, asqueado de tanto fingir, y de a tantos, intentaba volar su mente para no perder la calma.
—Lo más acertado sería que se realice este fin de semana. Ya hemos anunciado el compromiso, y las invitaciones han sido enviadas, sería inapropiado dejar pasar mucho tiempo. —exclamó Arthur sentado en la otra punta de la mesa.
—¿Este fin de semana ha dicho? —replicó Carlisle.
—Tu padre tiene razón Carlisle, sería inapropiado esperar tanto, y más aún después de haber recibido tanto apoyo. —explicó Erica.
—¿Aún si la razón de ese apoyo es el chantaje? —espetó Carlisle.
—Carlisle, no te permito que seas grosero. —contestó beligerante la mujer del conde.
—No podría permitirme nada, usted no es mi madre. —respondió intrínseco Carlisle.
—Tu actitud indecorosa está dificultando las cosas y no hay nada que me moleste más que un hombre actuando como un niño. —entrometió el conde —.Hazme el favor de madurar.
—Si madurar implica obedecerte, no quiero hacerlo. —dijo por último, antes de levantarse de la mesa y desaparecer al cruzar la puerta, dejando atrás a su madrastra y a su padre boquiabiertos ante la rebeldía de su único heredero.
Algo era seguro, Carlisle estaba harto. Planeó en su cabeza tantas cosas desde niño, solía suscitar dentro suyo los idilios de cualquier hombre de la época, cabalgar, disfrutar de ver pasar la vida junto con alguna mujer a quien no le deba más que buenos tratos en la cama y todos aquellos planes que significaban para él libertad, se vieron abatidos en un insistente e incierto capricho de su padre. Que aún ni siquiera el mismo Carlisle sabría a que se debía.
¿Realmente es tanta la importancia de un casorio para su vida como futuro heredero? ¿O este era otro bosquejo de su padre para controlarlo? Preguntas e incógnitas comenzaron a emerger de camino a la mansión de las Browning, en donde se dirigía en una berlina Carlisle, para acallar su mente de una vez en los brazos de Victoria, y hasta incluso eso le ponía los pelos de punta. No habían vuelto a cruzar palabras siquiera desde que ella lo vio besarse con Esme Hamilton. No tuvo otra oportunidad de acercársele, y de seguro no sería para nada bienvenido en aquél lugar después de que ella le dejó en claro que no sería la tercera en discordia. Pero nada de eso habría de significar un problema, después de todo, es de Victoria Browning de quien hablamos. Su cuerpo y el de Carlisle mantenían una química que solo hacía falta sentirse en soledad, para que ésta se desenvolviera sin pudicia.
Una vez dentro, los sirvientes le recomendaron que esperara en el salón principal, algo que nunca antes habían hecho. Desde que Carlisle tiene memoria, él era más que bienvenido en la mansión, y como amigo de la familia, e íntimo de la señorita Browning, tenía acceso sin prohibiciones a todos los rincones de la mansión.
Pero esta vez no.
—¿Es tanta tu osadía de venir hasta aquí después de lo que te dije? —comentó sobre las escaleras Victoria. Luciendo solamente una bata de terciopelo de color beige.
—Como si no fueras a alegrarte por mi visita. —exclamó a la magnanimidad.
—Por si no te has dado cuenta, ya no eres bienvenido aquí. —acotó ella —. Además, estoy bastante ocupada.
—¿Con qué? —inquirió.
Detrás de Victoria, se hizo presente la figura de un hombre esbelto, con la camisa desarreglada, y los pliegues que dejaban a la vista sus clavículas llenas de marcas como antecedentes de que algo había sucedido. El joven no llevaba guantes, ni corbata, ni sombrero. No hacia falta ser clarividente para darse cuenta de qué habían sido testigos la noche anterior. El joven dejó ver su rostro tras apartarse el flequillo de la cara con su mano izquierda, mientras que con la otra le rodea la cintura a Victoria. Entonces, fue cuando Carlisle logró divisar quien era aquél joven que entonces ocupaba su lugar de manera vulgar.
Nada más y nada menos que Allen Nightray, su mejor amigo.
—¿Allen? —instó con estupor el joven Carlisle.
El joven Allen no respondió. Solo se mantuvo en silencio al mismo tiempo que se escudaba tras Victoria, mientras que con los dedos le apretaba la cadera con gesto verriondo.
—Deberías irte. —espetó Victoria.
Carlisle observa atónito la situación, intentó que las imágenes le hicieran un clic en la mente, pero nada de lo que sucedía tenía sentido. ¿Que hacía un Nightray en la mansión Browning? Albergó inútilmente la esperanza de que no fuera lo que estaban viendo sus ojos. Pero la imagen era tan clara como el agua.
—Por tus desprolijos puedo notar que has tenido una larga noche, ¿no amigo? —dijo aplomo Carlisle. Mientras no le quita la mirada de encima a Victoria, incluso puede notar que debajo no lleva nada.
—Deberías hacerle caso a Victoria, deberías irte. —replicó el joven Nightray —.No creo que a tu padre le agrade el saber que estás aquí.
—¿Desde cuando están juntos? —preguntó reticente Carlisle.
Entonces aquello que jamás pensó que experimentaría por carne propia invadió su ser, y por sus poros querían salir las acciones menos diplomáticas. Se sintió ajeno al ver a su Victoria rodeada en brazos de otro hombre, y aquello fue peor que el sentirse traicionado por su mejor amigo.
—Carlisle, no seas estúpido. —replicó Allen—Solo vete.
—Sabías que estábamos juntos, siempre lo supiste. —reclamó.
—Solo eran rumores, Carlisle.
—No eran rumores. Era real. —contestó él.
—No puedes reclamar algo que nunca aceptaste. Además, te vas a casar.
Carlisle rodó los ojos a Victoria, intentando encontrar en ella alguna muestra de disconformidad en las palabras de Allen. Pero solo encontró una mirada fría, que le susurraba al oído que todo había terminado. Que todo estaba sucediendo, que realmente ella ya no era suya.
—Que ironía. Una semana atrás, tenías relaciones conmigo ¿Y ahora esto? Sí que eres promiscua, Victoria. —espetó Carlisle.
Allen forma un puño con la mano, pero Victoria, le detiene rápidamente poniéndose delante.
—Es hora de que te vayas. —volvió a decir ella.
Las lágrimas estaban a punto de brotar por sus lagrimales, quizás habrían sido las palabras mas fuertes que había escuchado del dueño de su corazón, pero entonces nada debía de sorprenderle. Después de todo, él había aceptado casarse con una joven que ni siquiera amaba, solo por complacer a su padre. Así que parpadeó un par de veces y se tragó aquél dolor guardándolo en lo más recóndito del alma. Nada podría lastimarle más, pero eso no lo sabrían ellos.
—Solo quiero que me respondan una cosa. —insistió —.¿Desde cuando?
—Vete. —exigió ella.
—Y pensar que vine a pedirte perdón por lo del beso.
—Eso no cambiará las cosas. Solo vete. —volvió a decir.
—Me iré solo porque, aunque no te lo merezcas, aún te respeto. —agregó Carlisle. Aunque sus últimas palabras no hubiesen tenido relación con sus acusaciones.
Comenzó a caminar hacia la puerta sin mirar mucho atrás, y aunque su orgullo no le permitió, quiso abrazarla, y quizás hasta pedirle perdón. La imagen que se repitió hasta la saciedad en su mente, fue el haberla visto rodeada en los brazos de alguien que no era él, descontando las riendas sueltas que pudo dar a su imaginación el tan solo pensar en lo que habría sucedido la noche anterior. Un lugar que había sido suyo desde antes de ser consciente, y que hasta esta mañana, pensaba que lo tenía guardado. Se permitió estirarse en la litera del carruaje de vuelta a casa mientras que formaba un puño con la mano y se daba un mini golpe a la palma. Se estraló los dedos invadido de furia una vez volvió a recordar minutos atrás.
Devuelto a la mansión Woodgate, Carlisle buscó a su padre mientras era fogoneado por la imagen que le aparecía al recordar a Victoria con Allen, el tan solo hecho de imaginarse el cuerpo de Victoria desnudo mientras que Allen le hiciera lo que con él aprendió. Su padre se encontraba escribiendo cuando fue interrumpido en su quehacer por su rebelde hijo, que esa misma mañana, se había ido casi corriendo del desayuno.
—¿Vienes a estirar más la fecha del casamiento? —preguntó irónico.
—No. Vengo a adelantarla.
Su padre levanta la mirada expectante, por primera vez, en lo que tenía para decir.
—He estado pensando, y creo que será correcto que el casamiento sea este fin de semana.
—¿Y a que se debe este cambio tan repentino? Si se puede saber.
—Solo he abierto los ojos, padre. —espetó.
72 horas más tarde, la fecha final fue anunciada ante la alta sociedad, y las invitaciones para la boda fueron enviadas. Un retrato de la pareja fue publicado en el Londres Lite, y en los títulos de los periódicos solo se podía leer la palabra ''Amor''.
La joven Victoria se encontraba leyendo aquellos títulos mientras era peinada por su sirvienta, ésta, insulsa e inexperta, le estironeaba un poco su largo cabello castaño oscuro que, como tenía ondulado, el peine se le enroscaba con facilidad.
—Así que el joven Woodgate eventualmente se casará. Pensé que nunca lo haría. —motejó imprudente la sirvienta.
Victoria realza la ceja mientras le dirige una feroz mirada.
—¿Disculpe? —replicó.
—Es que desde luego usted es más bonita que alguna de las Hamilton, y tan solo hace falta ver los ojos con que se miraban usted y el hijo del conde Woodgate. —intentó explicar, para su mala suerte.
Nunca había sido propio de las Browning cruzar palabras con la servidumbre, incluso era un rasgo más perteneciente de ellas que de otras mujeres de la alta aristocracia, quienes se permitían a menudo realizar actos de caridad y tener buen trato con los sirvientes. Pero en la mansión de las Browning eso nunca sucedía, incluso a Victoria le asqueaba que le peinaran las sirvientas porque, según ella, le engrasaban el pelo. Desde siempre su madre había sostenido que la servidumbre solía tener los cabellos lacios por la grasa en los dedos al tocarse el cabello sin guantes.
Pero Victoria a veces entendía que las más jóvenes de sus sirvientas, anhelaban vivir historias románticas como las de las obras literarias y que por ende, les gustaba fantasear con vivir en los papeles de sus patronas. De hecho, le perdonó a una de sus sirvientas que usara sus zapatos una vez la encontró jugando con ellos, desde luego que los tiró luego. Aunque eso no significaba que aceptara el hecho de que husmearan en su vida. O que pensaran en que eran sus pares siquiera.
—No se que mirada has visto mi niña, pero espero que sea la última vez que lo insinúes. O tendrás que imaginarte historias de amor en la calle, junto con tu madre y tus hermanas. —espetó.
La jovencita se encogió de hombros y miró hacia el suelo apenada.
—Lo siento Srta. Browning. No volveré a decir esas cosas. —instó mientras se le enrojecían los ojos.
—Puedes irte, terminaré con mi cabello yo misma.
La pequeña sirvienta, repleta de torpeza tan digna de la edad, salió apresurada de la habitación. Victoria volvió a ojear el título del periódico, y luchó consigo misma para no leer más. Formó un bollo del montón de hojas y se llevó la mano al entrecejo.
Los ojos le comenzaron a enrojecer, y no tardó en verter las lágrimas. Se llevó una mano al cuello y respiró hondo. Se le arrugó el rostro al llorar, pero unas cuantas respiraciones profundas y volvió a enfriarse. Se miró al espejo y observó sus pupilas mientras volvían a su tamaño normal.
—¿Victoria? —se escuchó al otro lado de la puerta.
Ella se retoca un poco la cara y los ojos rápidamente antes de permitir el paso.
—Adelante. —exclamó.
Allen entra en la habitación y la contempla desde el quicio de la puerta.
—Usted es hermosa, my lady.
Victoria prosigue a seguir peinándose el cabello. Sus ojos que, desde siempre fueron celestes, ahora estaban mucho más claros porque el enrojecimiento por el llanto no se le había ido del todo. Razón por la que no lo miró a los ojos.
—Ya no te vas más. ¿El conde Nightray no estará preguntándose donde estará su hijo? —comentó asidua.
—De hecho le he comentado que estaría visitándote de seguido. —aclaró con epifanía.
—No ha de hacerle gracia que su mayor heredero esté en la mansión de las Browning. —rió con ironía.
—¿Desde cuando es poco digno relacionarse con una Browning? —preguntó con extrañeza.
—Presupongo que no ha de estar bien vista la situación de mi madre.
—Eso es ofensivo para mi familia, Victoria. Te aseguro que ningún Nightray considera deshonrosa la viudez de tu madre. Por el contrario, nos parece una mujer digna de respeto.
Victoria continúa peinándose el cabello, sin inmutarse demasiado. Allen se para a su lado con gesto decidido, y la mira a los ojos a través del espejo. Ella levanta la mirada y sus miradas se entrelazaron.
—No sé que te han hecho pensar los Woodgate, pero que eso no condicione tu belleza. Eres una mujer digna y mereces a cualquier hombre que desees tener —dice mirándola a los ojos.
Victoria vuelve a agachar la mirada, y no porque no supiese que responder, si no, porque a pesar de que no le estarían contando nada de otro mundo, durante mucho tiempo se mantuvo sujeta a la opinión de solo un hombre, el único hombre que le importaba, de Carlisle Woodgate. Y ése único hombre ahora mismo iba a desposar a alguien que no era ella solamente porque su familia no la consideraba digna para él. Y por injusto que le parecía inclusive hasta a ella el saber que no podía huir de su naturaleza, el único hombre al que deseaba tener era a él. Se sintió entonces abolida por una arrolladora crueldad, una oleada de injusticia y una rabia interna. Porqué toda su vida ha tenido quien le diga lo mucho que vale y la única persona que le importaba que se lo dijera la desmerecía. Quizás era hora de comenzar a valorarse...