Aquella mañana fue muy diferente.
— Buenos días cariño, ¿Qué te apetece para desayunar? Puedo preparar huevos revueltos con tocino y tostadas francesas, Helen nos dejó todo para desayunar bien antes de tomar nuestro vuelo a México —
Elianna sonrió. Frente a ella, sin camisa y en unas muy coloridas bermudas, se hallaba su ahora esposo, Caleb Auritz. Incorporarse le resultó doloroso; todo el cuerpo le pesaba y dolía como si hubiese sido atropellada por un tracto camión o hubiera hecho un maratón de 40 kilómetros descalza. Sus mejillas ardieron al sentir sus pliegues femeninos dolerse también, y recordó todo lo que ella y Caleb habían hecho en su noche...