Aquella noche las bailarinas lucían más tentadoras de lo habitual. Hombres cayendo de borrachos, dejaban ver su gran necesidad de afecto al pagar por la falsas caricias de esas meretrices que cobraban cien dólares por un instante. El vino barato había quedado atrás, y justo en ese momento se embriagaba con una botella tan costosa que bien podría matar el hambre de una familia necesitada por al menos seis meses, pero, por supuesto, el no era para nada un patético altruista.
Maximiliano se regodeaba de su propia maldad, y poco o nada le importaba lo que cualquiera dijese de el. Pronto tendría tanto dinero para vivir una vida holgada y...