— Mucho tiempo sin verte, querida esposa —
Elena se incorporó. Mirando con desprecio a ese hombre de sonrisa cínica que tenía delante, se seco el sudor y luego camino hacia el. Una sonora bofetada resonó en el lujoso espacio, pero aquel hombre no se inmutó y tan solo soltó una risa divertida.
— Maximiliano, eres un maldito bastardo, ¿Quién te crees que eres para entrar en mi casa como si fueras el dueño? — reprochó con furia.
— Veo que no has cambiado en nada, pensé que después de tantos años me recibirías con un cálido abrazo, después de todo, fue tu culpa que yo me fuera por llevar...