Emmily
Han pasado dos semanas desde la discusión con Bennett, desde ese dia no hago más que ignorarlo. He estado tan ocupada y abrumada con la apertura del restaurante que no me he dado tiempo para pensar en el ultimátum que me dió, la verdad es que estoy evitando el tema porque me niego a ser su puta incubadora.
Por fin logramos terminar con todas las reformas y con la ayuda de las chicas y de Pablo pudimos empezar a dar servicio al público sin ningún contratiempo.
Días después no me esperaba el éxito y la aceptación que he recibido de la clientela.
Desde que hice la apertura no hemos parado de trabajar como mulos, el negocio augura tanto éxito, a tal punto, que pronto debo pensar en contratar otra persona para que nos ayude en la cocina porque no damos abasto.
Algo que he notado y me preocupa es que el karma me da y me quita, cada vez que algo me sale bien, temo la caída del zapato porque siempre viene con un precio que mayormente pago con lágrimas.
Y es precisamente hoy el día en que el destino decide ponerme a prueba de nuevo. Estoy merodeando por el negocio verificando que todo esté en orden, cuando me doy cuenta de que hay una mujer que me parece bastante conocida sentada en la terraza. Bebe un té con evidente tristeza en la cara y se ve bastante alterada, incluso creo que llora. Me acerco para preguntarle si está bien. Pero para mi sorpresa, me doy cuenta demasiado tarde para voltearme e irme que se trata de nada más y nada menos que de mi némesis, el Voldemort de mi Harry, la mismísima e infame Madeleine Richards, ¿qué posibilidades había de que, de todos los negocios de la ciudad, mi eterna rival, la grandísima e infame Madeleine Richards terminara teniendo un colapso nervioso en el mío? Me acerco con cautela para no asustarla. Al levantar la vista, se percata de que soy yo quien está frente a ella y arruga la frente confundida.
—¿Emmily? —parpadea rápidamente—, ¿qué haces aquí? —pregunta bastante sorprendida, lo que me da un poco de risa porque no creo que se esperara que estuviera trabajando y mucho menos en un lugar como este.
—Trabajo aquí —le respondo tranquilamente señalando mi uniforme de cocina con el logo del negocio. Me mira confundida y saca un pañuelo de su bolso para limpiarse los ojos, luego vuelve a mirarme con sorpresa porque no le he explicado cómo llegué aquí. Se supone que las señoras de alto nivel y de sociedad no debemos trabajar, y si lo hacemos no debe ser en un mugroso negocio de comida de clase media —. Este lugar es mío —le explico ante la pregunta no formulada en su rostro.
—Lo siento —me dice recogiendo sus cosas y comenzando a levantarse de la mesa—. No quiero importunarte, ya me voy.
¿Por qué cree que voy a hacer una escena o algo por el estilo? Solo me acerqué porque se veía muy alterada y quería ayudarla, no le pedí que se fuera.
—Madeleine, detente. —Ella detiene lo que está haciendo y me mira esperando a que le diga algo—. ¿Estás bien?
Honestamente solo pregunté porque me sorprende verla en este estado. Hasta donde sé ella está felizmente casada y Nick es un hombre super honorable y entregado a su familia.
Inmediatamente suelto la pregunta me arrepiento, la mujer parece recordar lo que la alteró y arruga la cara como si le doliera algo; ¡ay, no, ay, no! ¡¿Por qué pregunté?!
No se que hacer porque de repente ella que se ataca a llorar como si la hubiera ofendido. De seguro van a pensar que la insulté o algo así, y como ella es la niña buena y yo la bruja de la historia, ¿quién va a creer que solo le pregunté cómo estaba? Eso me pasa por metiche, yo y mi bocota.
Me siento frente a ella dándole golpecitos en el brazo para intentar calmarla porque de verdad me está empezando a preocupar.
—Madeleine, por favor, cálmate —le ruego un poco desesperada, supongo que tratando de reconfortarla.
—Lo siento... lo siento —repite entre lágrimas, sorbe por la nariz y continua—: Mi hija...
Al mencionar a su hija me preocupo de inmediato, la cosa parece grave.
—¿Qué le pasó a la niña? —Pregunto con cara de terror y ella niega y responde más calmada al instante.
—Mañana es su cumpleaños. Las personas encargadas de la organización de la fiesta tuvieron un incendio en la cocina, por lo tanto, no pueden cumplir con los pedidos. ¡La fiesta de mi hija está arruinada! —Baja la cabeza y solloza desesperanzada.
¿Es en serio? Problemas de ricos dirían por ahí, pensé que era algo más importante. Pero ¿qué sé yo de estas cosas? Supongo que para una madre esto debe ser algo sumamente importante y delicado, pero casi me da un soponcio del susto, ahora si que quiero darle un buen golpe para que tenga de verdad por lo qué llorar.
Pero me pongo a pensar en cómo el destino ha dado un vuelco a toda mi vida y cómo ha puesto las oportunidades para reivindicarme con el. Así que en lugar de recurrir a la violencia se me ocurre algo que tal vez parezca descabellado, y aunque en mi corazón sé que no le debo nada a esta mujer, mi cabeza siempre me va a indicar lo contrario, ya que prácticamente con mis decisiones cambié el curso de su vida y le hice daño.
—Madeleine, voy a ayudarte.
Digo convencida de que está bien querer ayudarla, ella pone cara de sorpresa cuando escucha lo que le digo, como que no se lo cree.
—¿Qué? ¿Cómo podrías?
Pongo los ojos en blanco, porque pienso que al tener un restaurante es obvio lo que quiero decirle.
—¡Mira a tu alrededor, mujer! Tengo un restaurante, ¡y tú necesitas comida para tu evento! —Y decían que era la más inteligente de la escuela, supongo que el embarazo le mató las neuronas.
Suelta un jadeo al comprender lo que le ofrezco y lo considera por un momento antes de contestar.
—¿Por qué querrías ayudarme?
Pregunta con sospecha.
—Porque es lo correcto.
Respondo sinceramente.
—¿Puedes hacerlo? Es para mañana al medio día. ¿Cómo lo lograrías?
Le doy una amplia sonrisa y empiezo a preguntar qué es lo que tiene en mente y le doy mis maravillosas ideas para arreglar las cosas. Al principio parece un poco escéptica, pero le pido que por una vez en la vida confíe en mí. Luego de hacer toda la planificación se despide, no sin antes darme un gran abrazo y decirme que confía en que haré lo que prometí y que será perfecto.
Es hora de ponerme en marcha y llamar a los refuerzos. Hablo con Pablo, que me recomienda que contratemos para poder lograr terminar a tiempo a dos excompañeros de la academia que son excelentes con la repostería si no no lo lograremos. Los llamo y les ofrezco una compensación económica muy generosa a cambio de su ayuda y ellos aceptan de inmediato.
Son alrededor de las 3:00 de la madrugada cuando por fin puedo subir al pequeño apartamento que está encima del restaurante, donde ahora vive Lili, y duermo en su incómodo sofá por un par de horas. Luego me levanto, me aseo y me pongo manos a la obra para que todo esté listo a la hora que le prometí a Madeleine.
Son exactamente las doce del mediodía cuando llego a casa de Madeleine y Nick en compañía de uno de mis ayudantes improvisados, su casa está bastante cerca de la mía y es casi igual de grande, porque Nick se ha partido el lomo por darle una buena vida a ella y a su pequeña hija. Aproveché que Pablo sabe de carpintería para hacer algo especial, así que en solo unas horas logró armar el más bello mostrador de princesas, todo rosa y brillante por todos lados, con capacidad para albergar unos mil cupcakes de diferentes sabores, colores y rellenos. Trajimos tantas cosas que tuvimos que conseguir un pequeño camión para transportar todo lo que hicimos para la fiesta de la niña.
Montar todo es otra historia. En la entrada de la casa, Madeleine nos esperaba muy ansiosa. Así que ella y su marido son de gran ayuda para el montaje final. Cuando hemos logrado organizar todo, una gran torta en forma de cupcake de colores diferentes —con todas las tonalidades rosas que te puedas imaginar y motivos brillantes— adorna el centro del mostrador, que también está rodeado de pequeños pastelillos de muchos colores y sabores. También logramos hacer una gran variedad de pequeños sándwiches, minihamburguesas, pequeños perros calientes y variedad de deliciosos bocadillos para los invitados infantiles y sus acompañantes adultos.
Estoy preparada para irme tan pronto todo esté en su lugar, pero Madeleine insiste en que me quede y disfrute de la fiesta, estoy a punto de negarme pero la pequeña Elizabeth, que así se llama su hija, empieza a llamarme “tía Emmi” y no puedo resistirme así que me quedo. No estoy llorando, solo se me metió una basurita en el ojo. ¿A quién engaño? Siento tanta emoción por esto que casi podría llorar. Casi.
—Espero la cuenta de cobro por tus servicio Emmily y Roberts—me dice Madeleine mientras se sienta a mi lado, entregándome una copa de vino—. Fue realmente impresionante. —Me sonríe y bebe un sorbo de la suya.
—Es Blackstone ahora y creo que este será mi regalo de cumpleaños para Elizabeth.
Nos miramos y sonreímos con la comprensión de que ahora somos más que un par de rivales adolescentes. Somos dos mujeres adultas dejando atrás sus diferencias del pasado. Me atrevería a decir que incluso se empieza a formar un lazo amistoso entre las dos. Nos quedamos así por un tiempo, hasta que ella rompe el silencio diciendo algo que no esperaba escuchar.
—Nunca habría funcionado, ¿sabes? —La miro con confusión porque no entiendo a qué se refiere—. Me refiero a Bennett y a mí.
Me quedo en shock. No esperaba que eso saliera nunca de su boca.
¡Necesito de manera urgente saber los detalles de esa declaración!
Tengo que saber la verdad.