Con lentitud me pongo de pie, me paso las manos por las piernas todo bajo su atenta mirada.
—¿De verdad eres casada?
Su pregunta me deja en mi lugar y sin querer más mentiras entre los dos asientos.
Maldice.
—Pero deja que te explique, las cosas no…
—¡¿Qué vas a explicar?! —Me corta, —que me viste la cara de idiota desde que te conocí.
Niego.
—Sí, eres una prófuga, y además casada.
—Mi matrimonio es una farsa— espeto en tono duro y soy inocente.
—Por supuesto, por eso huiste y sigues casada —su tono desborda desdén.
—Sí, hui —concuerdo, —pero lo hice por miedo, miedo ser encarcelada.
Me mira unos...