Olivia Damschroder
Mi pasión era igual o mayor que la de él, nos separamos y respiramos agitados, quería tocar su piel, sentir como vibraba por el roce de mis dedos, necesitaba todo de mi hombre perfecto, comenzamos a quitarnos la ropa salvajemente. Pero nos besábamos entre que nos ayudábamos a desnudar, no queríamos despegar nuestros labios, era una sensación nueva para mí. Adoraba estar entre sus brazos. Es todo lo que había pedido y no se me había dado nunca.
Su boca me sabía a gloria, lo más dulce que había probado en mi vida, fácilmente me podría volver adicta a los labios de Owen, es algo nuevo para mí, me siento en las nubes, quería más, pedía más, éramos un par de desesperados, caímos en la cama, él se puso arriba de mí y sin ningún miramiento entró en mí, nunca antes nadie me había hecho sentir lo que viví, me llevó al cielo en un segundo, era la gloria estar así de unidos.
Y en medio de la pasión escuché como gritaba mi nombre y yo lo seguí gritando el suyo como respuesta, ya no había vuelta atrás, nos entregamos como dos náufragos en mitad de una tormenta, cada cual el salvavidas del otro. Me abrazó fuertemente atrayéndome a su cuerpo, le correspondí al abrazo Así me había sentido, protegida, que era más de lo que me había expresado Justin en el tiempo que habíamos tenido de novios. Me sentía en paz conmigo misma.
Esto era lo que le había hecho falta a mi vida, estaba viviendo en un sueño maravilloso, nunca hubiera pensado que conseguiría mucho más en una noche de pasión que en años desperdiciados. Owen es totalmente lo opuesto a la persona que había tenido anteriormente como novio. No estoy cometiendo ninguna falta, soy libre de estar con quien yo elija. Y si esto es para mi bien, mucho mejor.
Fin del Flashback
La alarma del despertador me sacó de la ensoñación, trayéndome directamente a mi realidad, había sido algo más que traviesa, lo seduje por completo, ¿con qué cara me presentaría el día de mañana a trabajar?, como lo podía volver a ver a los ojos. Le di una patada a la sabana y edredón descubriendo mi adolorido cuerpo, tenía un gran chupetón o mordedura en la cadera derecha que descubrí mientras me bañaba, no podía recordar en que memento había sucedido.
Suspiré, salí de la cama, empecé a acomodar el cuartito que ocuparía cuando viniera mamá a visitarme, y en menos de una hora llegaría Jillie, no sabía cómo contarle lo que pasó con su hermano o fingir demencia, me daba pena recordar cómo habían sucedido las cosas. A Jillie era casi imposible ocultarle algo. Se daba cuenta de casi todo lo que pasaba a su alrededor, tenía ese don.
Así que muy puntual, como eran todos los integrantes de la familia Kewlyn llegó mi amiga al departamento, nos saludamos, sí, pero ni bien puesta la caja con la pizza en la barra que separaba la salita de la cocina, que hacía las veces de comedor, me dice, sin esperarse un segundo más.
‒ ¡Suéltalo! ‒ no me da tiempo de respirar.
‒ No tengo nada que contarte, Jillie, estás inventándote las cosas ‒ esquivo su inquisitiva mirada.
‒ Mira Livy, te recuerdo que no soy nada tonta, ni creas que soy tan ingenua, tienes mucho que contar.
‒ Ya te dije que vine directo a casa.
‒ ¿Con cuál empiezo? ‒ me enseña los dedos de su mano.
‒ ¡Eres imposible!
‒ Pero así me quieres, así que déjate de rodeos y cuéntame lo que pasó, me tienes comiéndome las uñas.
Le tuve que relatar, lo que había sucedido, sin todos los detalles, claro, me avergonzaba de lo osada que había sido, hice una leve pausa, en lo que comíamos de la deliciosa pizza y tomábamos el jugo, no me había dado cuenta del hambre que tenía; conforme le iba diciendo me miraba asombrada y luego no paró de reír. Esta mujer no se tomaba nada en serio y yo muriéndome de la vergüenza.
‒ ¿Se puede saber que es tan gracioso? ¿Te causa risa la situación en la que me encuentro?
‒ Solo me imagino la cara de mi pobre hermano cuando te propasaste con él.
Jillie era imposible, no se daba cuenta del lío en que yo me había metido, no sé ni cómo mirar a la cara a su hermano ahora que nos volvamos a ver. Yo fui la que lo orillo a eso, él es una persona muy correcta y yo lo acorralé.
‒ Lo dices como si yo le hubiera robado su virginidad ‒ Jillie soltó una suave carcajada.
‒ Por cómo lleva su vida, pareciera que así fue.
‒ Tu hermano no ha sido ningún santo, tantas mujeres que he visto pasar por la oficina no me cabe la menor duda.
‒ ¡Ay, cuñadita, no sabes nada de mi hermano!
‒ No me digas cuñadita Jillie ‒ le advertí, eso solo había pasado en un momento de la más pura debilidad, me sentía vulnerable, necesitaba sentirme querida y Owen había hecho que yo me sintiera la mujer más querida del mundo.
‒ Vamos a terminar de acomodar el estudio Livycienta ‒ me dice en tono burlón.
‒ ¿Y tú quién vendrías siendo, mi hada madrina?
‒ Podría ser ‒ Negué con un movimiento de cabeza y solté un bufido, esta mujer no tenía remedio.
No le di mayor importancia a todas sus ocurrencias, terminamos relativamente temprano de acomodar todo para cuando llegara mi mamá, nos despedimos y Jillie salió muy sonriente de la casa, no me quería imaginar que pasaba en esos momentos por su alocada cabeza.
Me preparé mentalmente para el día de mañana, sé que sería una prueba dura comportarme como si nada hubiera pasado. Regodearme en mi miseria, no me iba a ayudar en nada, así que llamé a mamá y me dijo que llegaría el viernes a eso de las cuatro de la tarde, que no me preocupara, porque ella vendría directo al departamento, no quería interrumpir un día laboral.