—No —traga saliva un poco sedienta— no tengo miedo —trata de estar firme y sus piernas tiemblan un poco.
«¡Maldición! No me están ayudando, esto es lo que él hace en mi cuerpo», piensa Samantha.
—Sólo que te conozco y es mejor que te salgas pues, pero si me aseguras de que me puedo vestir al frente de ti sin que te provoque una gota de cogerme y partirme en la cama, entonces no habría problema, de igual forma es tu habitación, ¿no? —da media sonrisa para mostrar seguridad pero eso era un poco imposible en este momento.
—Está bien... ¿Y no deseas una despedida? Mi verga se quiere despedir...