La mañana siguiente comenzó como de costumbre con un desayuno lleno de nervios. Aunque Lilly ya se había despedido y sólo había seis chicas en la casa, aparte de Kilye y Melly, el ruido y el caos no habían disminuido ni un poco.
—Dios mío, me alegro mucho de no tener que escuchar esa cháchara durante dos días —dijo Kilye exasperada cuando volvieron a subir a su habitación.
—Lo hiciste muy bien —suspiró Melly, que había avanzado en el programa, pero no se le permitió ir a Las Vegas.
Kilye le acarició el brazo de forma reconfortante —La próxima vez te toca a ti.
—Me alegro por ti —sonrió Melly—,...