Decido darles tiempo e ir a yo perder el mío en algún lugar, no muy lejos de ahí, me daría harta pereza tener que volver a llevar todo ahí. Ha pasado un rato y decido asomarme por una de las esquinas para saber si ya se han ido, pero veo todo tranquilo y pasible, frunzo el ceño y me acerco un poco, pero en eso la puerta hace clic, haciendo que salte en mi lugar y regrese rápido a donde están mis cosas, lástima que no me da tiempo a llegar, ya que escucho a mis espaldas unas risitas coquetas, lo bueno, es que tengo mi escoba entre mis manos y los audífonos puesto, con esto debería poder salir del problema.
Le doy la espalda enseguida a la puerta y me pongo a “barrer” el piso que... hace horas atrás ya había limpiado. Alcanzo a escuchar tacones golpeando el piso, mi corazón se acelera, mi respiración se agita y mi cuerpo se pone tieso, mis piernas tiemblan de ansiedad y mis nervios están a mil por hora, en estos momentos soy un manojo de nervios andante.
Los pasos se detienen, unas gotas de sudor se deslizan por mis sienes, aprieto la mandíbula al igual que el palo de la escoba, luego siento que alguien me toca el hombro, haciendo que pegue un brindo del susto y un chillido se me escapa, la persona que me ha tocado, también se ha asustado. Mi pobre corazón ya no puede con tantas emociones.... creo que me va a dar un infarto en cualquier momento.
Pongo mi mano sobre mi pecho, sintiendo con claridad los fuertes latidos de mi corazón, observo con claridad a la mujer que me ha dado el susto de muerte, ella tiene una expresión seria en el rostro, parece ser que no le gusto que la asuste... ¡Imagínense yo! Que ya estaba asustada por pensar que había un fantasma aquí adentro.
Ella me dice algo, pero no le entiendo, así que me quito uno de mis audífonos y le pregunto que, si me dijo algo, la mujer resopla con fuerza y me vuelve a repetir, que, cuando vaya a acomodar su escritorio, que no mueva su bolsa de maquillaje, que la otra vez la estuvo buscando por todas partes, pareciera que se va a estar quejando por siglos, ya que no para de reprocharme todo lo que le “escondo”, pero sus quejas se ven apagadas cuando la otra persona sale de la oficina.
—Rose, vamos que es tarde— Su voz masculina y poderosa hace que me estremezca.
Un hombre alto, fornido y de un aspecto altamente atractivo sale de la oficina, acomodándose los puños del saco, viéndolo a contra luz, da demasiado miedo ¡Qué bueno que no me lo encontré a él primero en toda esta oscuridad! Seguramente si me muero de un infarto si lo veo.
—Sigue soñando— Murmura la mujer de forma algo maliciosa.
Regreso la vista a ella, sorprendida por sus palabras, ¿De verdad cree que me interesa tener un hombre en mi vida? Bueno... sí, pero no en estos momentos, no me veo con cabeza para estar dividiéndome entre tantas labores, no quiero añadir más estrés a mi vida.
—Siempre lo hago, pero desafortunadamente los sueños no me dan nada— Respondo entre pequeñas risitas. —Si me quedará en el mundo de los sueños, sería ideal, no tendría que pagar tanto por la inscripción de mi universidad— Me acerco un poco más a ella, como si fuera a contarle un secreto. —¿Sabe en cuanto están las inscripciones? ¡Carísimas! — Exclamo con fuerza mientras me alejo de ella. —¡Entre un fantasma en la oficina y la cuenta de mi universidad, definitivamente me da más miedo la cuenta! Creame, incluso el fantasma tendría miedo de ver semejante número— Sacudo el cuerpo con miedo de tan solo recordar la deuda que tengo con la universidad. —Cada día la educación está más cara, que terrible.
Rose arquea una ceja y me mira como si fuera un bicho raro, estoy acostumbrada a ese tipo de miradas, de hecho... incluso yo creo que soy un bicho raro, pero no me importa, a estas alturas de mi vida, lo único que me importa es sacar la universidad, ayudar con los gastos de la casa y de que mi hermano no haga idioteces.
El hombre enciende un cigarro y lo miro espantada, veo como algunas cenizas caen sobre la alfombra, enseguida paso mi dedo pulgar y mi dedo anular por mi lengua y corro hacia él, apagándolo enseguida ¡Hijo de su madre, es él quien deja esas quemaduras y manchas, muy difíciles de quitar u ocultar!
Él me voltea a ver como si fuera a matarme, esa mirada gélida hace un perfecto contraste con sus ojos azules, trago saliva con dificultad, pero luego recuerdo las horribles manchas que quedan en la alfombra y se me pasa casi por completo el miedo. Tomo un poco de aire y le frunzo el ceño, limpiándome los dedos, cuando estos tocan la tela, me doy cuenta de que me he quemado y duele, un poco, pero duele.
—¿Sabe lo difícil que es quitar esas manchas? Demasiado, tardo horas en quitarlas y muchas de ellas no se van, porque ya esta tan quemada la alfombra que no se quitan.
Vuelve a sacar otro cigarro de su saco, lo enciende de forma descarada enfrente de mí para después tirarme el humo que tenía en la boca, luego tira el cigarro al suelo, pisándolo como si fuera un insecto, abro los ojos de par en par al ver esto, tengo ganas de golpearlo en la cara, pero no me atrevo, es demasiado grande y musculoso para mí ¡Tiene mucha suerte de ser mucho más alto, grande y músculos que yo!