Astrid casi se desploma en el suelo, aliviada de escuchar mis palabras, menos mal que la he agarrado entre mis brazos evitando que se caiga. La pobre de verdad tiene mucho estrés en su vida y me impresiona, ni siquiera yo siento tanta presión con mi trabajo.
—Le voy a devolver su regalo, no sería apropiado que me lo quede.
—¿Por qué no? Podemos hacer uso de él.
Sus mejillas enseguida se ponen rojas y desvía la mirada descaradamente, pongo mi mano debajo de su barbilla y hago que me mire. No he podido evitar besarla al ver tan tierna expresión, ella se puso mucho más roja, dándole un rubor...