La noche había sido demasiado larga, a pesar de que había llegado de madrugada al hospital, y la oscuridad había durado muy pocas horas, se sintieron como toda una eternidad.
A duras penas había logrado dormir un par de horas, pero las suficientes como para despertarse sobresaltada, ante el murmullo de las máquinas y el suave zumbido de las luces fluorescentes de la habitación, las cuales creaban una atmósfera de quietud inquietante. Al abrir los ojos, su mirada se encontró con el rostro de Enrique, el cual seguía dando ese aspecto pálido y sereno en la cama cercana.
Un cálido nudo de emoción se formó en su pecho. Un torrente...