Enrique salió de la casa de Ashley con el corazón encogido y el alma hecha pedazos. La bofetada resonaba en su mente como un eco doloroso, un recordatorio de su error y de la herida que había infligido a la mujer que amaba.
Con la mirada perdida y el paso tambaleante, se dirigió a un bar cercano, buscando refugio en la oscuridad y el anonimato. El alcohol le prometía un olvido temporal, un escape de la realidad que lo atormentaba.
Al entrar en el bar, el bullicio y la música lo envolvieron como una ola, amortiguando por un momento el dolor que lo consumía. Se sentó en la barra, pidió...