Había llegado hasta la sala con su valija y se ubicó en una otomana muy lujosa que estaba cerca de la chimenea, por lo que no tardó en imaginar algunas escenas en las que involucraba al dueño de todo eso. Se lo imaginó allí sentado cerca del calor que desprendía la hermosa chimenea que parecía sacada de una película, pero luego el pensamiento se tornó un poco pervertido de una forma que ella misma no pudo soportar. Batió la cabeza para sacar de su mente todo ese remolino oscuro que ya se abría como un pergamino a sus pies.
No era correcto ni lo sería, ni siquiera viéndolo desde otra perspectiva, porque desde el ángulo en el que se viera, no interesaba cuál, era malo pensar en ese hombre de una forma íntima. Se puso a estudiar a su alrededor como si nunca hubiera estado allí antes. La verdad es que nada había cambiado y no es que hacía mucho tiempo que no visitaba el lugar, apenas y podía contar que había sido un año y medio, tal vez, que no visitaba la mansión. Dentro de lo que podía señalar, ya había algunas cosas distintas, pero en su totalidad se conservaba todo muy bien. Desde lo más grande a lo más pequeño, el lujo estaba presente en cada rincón y ella podía ser testigo ocular de ello. No podía dejar de mirar y de estudiar todo lo que la rodeaba. Quedaba impresionada y boquiabierta ante la suntuosidad que existía y la atmósfera sorprendente que se podía palpar. También la hacía sentir un poco chiquita y sometida.
Tomó una bocanada de aire y se puso a teclear sin sentido en su teléfono móvil. Solamente buscaba distraerse de alguna manera y lo único que consiguió fue utilizar su aparato tecnológico y comenzar a escribir un texto que iba dirigido a Alicia. Sabía que debía haber recurrido a ella primero, pero no lo había hecho de esa forma, sino que de un tirón se aventó a ir hacia el padre y ya cruzaba los dedos para que todo saliera bien.
Ya temblaba como un flan.
Alicia: Hola, espero estés bien, sabes que...
De modo que en el texto que le iba a enviar le explicó lo que estaba sucediendo, contó al menos unas treinta líneas, aun así no fue suficiente para expresar todo lo que quería decirle. Por lo que había resuelto en cuanto la viera en persona, hablar sobre todo nuevamente y aclararle toda la situación de una forma más entendible.
Dejó de usar el teléfono cuando escuchó una voz profunda y fuerte, esa voz masculina que generó un efecto intenso en ella. De solo conocer la familiaridad de su tono, ya se sentía descompensada en un santiamén y tragó duro. Ya sentía el ardor profundo en sus mejillas, estaba insegura y casi no podía respirar de solo imaginar que estaba a pocos minutos de platicar con Asthon, con quien no tenía mucha confianza e incluso más allá de una atracción física, sintió temor por su apariencia tan dura y llena de seriedad. Y es que, todo el tiempo que lo había visto, lo veía como un hombre temible. Lamentablemente eso no había cambiado, seguía mirándolo de esa forma tan honda.
Ya podía estar segura de lo único: fue un gravísimo error ir a esa mansión.
Cierto o no, estaba a punto de dejar que permaneciera allí en la mansión. Tampoco es que pudiera negarse, tomando en cuenta que se trataba de Hope, amiga de su hija, casi como una hermana. Desde hace algún tiempo, ellas eran muy cercanas, por lo que también era un peso para que ella pudiera estar ahí. Observó que estaba nerviosa y no dispuesta a contar la verdad por la que estaba pidiendo ayuda. Debía ser un asunto muy importante para ella, y por eso no era capaz de decirlo a todo el mundo, supuso en su cabeza mientras se dirigía a la joven nuevamente para hacerla sentir más tranquila.
—Descuida, no debes contarme el motivo por el que te encuentras aquí. Perdona, he sido un poco indiscreto al formular la pregunta. Solo me parece un tanto raro que de pronto estés aquí, y si necesitas quedarte, hazlo el tiempo que necesites. Desde ya, estás en tu casa. Dime todo, le haré saber a la mucama para que te prepare una habitación.
—No, es decir, siento que debo contarte el motivo por el que me encuentro aquí pidiendo ayuda. Mamá me echó de casa y no puedo entender por qué existen personas tan malas, incluso siendo tan cercano a ti. La verdad es que me enteré de que no soy su hija legítima, soy solo su sobrina, y todo este tiempo me creí el ridículo cuento de que éramos una familia. Pero todo ha sido un montaje y ni siquiera sé si soy de verdad esta persona. Esto me cambia completamente, lo siento. —susurró, mientras se limpiaba el rostro. Ya volvía a ponerse sentimental y no podía evitarlo. Todo era un revuelto intenso, y en su pecho sentía un nudo.
El hombre no iba a admitir que todo eso lo sorprendía y lo dejaba un poco perplejo, pero estar al tanto de la situación le hizo sentir más empatía hacia ella. Ya estaba seguro de dejarla quedarse en la mansión, ahora con más razón, ya que ella no tenía adónde ir. Mientras pensaba en lo que le estaba ocurriendo, sintió un poco de lástima por ella.
—Lo siento, es terrible lo que estás pasando. No se lo merece nadie y entiendo cómo debes sentirte al enterarte de algo así de la noche a la mañana. Debe ser fuerte y bastante difícil de procesar, pero sabes que cuentas con Alicia y conmigo. Nosotros podemos ayudarte en lo que desees, en lo que necesites. Así que no dudes en decirme si solo quieres quedarte aquí o si necesitas dinero. Solo dime y te lo daré. —añadió amable, pero a Hope le parecía vergonzoso decirle eso.
Suficiente con permitirle vivir allí, ¿ahora también pedirle dinero? No podía hacerlo, era demasiado para ella. Suspiró profundo y negó con la cabeza.
—No, es mucho ya lo que está haciendo. Yo debo resolver esa cuestión. —se aclaró la garganta.
—Entonces, si necesitas el dinero —adivinó él, ella asintió levemente, aunque al instante se arrepintió y negó con la cabeza. Demasiado tarde.
Ashton buscó en un cajón y puso a su disposición un fajo de billetes. Asombrada, no podía creer lo que él le daba. Simplemente no podía aceptar y ya, además, iba a endeudarse. Con lo que ganaba en el trabajo, una miseria, no sería suficiente para pagar. No podía aceptar, por lo que negó con la cabeza. Sí, declinar era lo correcto en ese momento, si no quería ponerse ella misma la soga al cuello, sin importar que sería al padre de su amiga a quien le iba a deber.
—No puedo aceptarlo. Tardaría una eternidad en devolver cada centavo. Por ahora, me abstengo. Muchas gracias por la intención y por dejarme quedar. De igual modo buscaré un lugar estos días. No quiero incomodar, ni mucho menos.