Era de madrugada, y el silencio que se dejaba sentir en cada rincón y recoveco de Positano, volvía a las penumbras aún más tenebrosas. No había una sola alma en las calles que no fueran las almas perdidas de algunos pocos transeúntes que buscaban un placer pasajero que tan solo el licor en un bar de mala muerte, o las falsas caricias de una mujer en el barrio rojo podrían brindar. Giles Levana observaba a las mujeres humanas bailando desnudas ante él, mientras los demás hombres humanos enloquecían en un ridículo frenesí y les arrojaban el sueldo que seguramente no sin sacrificios habían recibido.
Los humanos eran patéticos, una plaga...