Las ratas merodeaban por las muy sucias calles, y los vagabundos hacían lo propio en casi cada esquina de aquella ciudad. La noche había caído cubriéndolo todo de penumbras, y solo algunas lámparas funcionales, le daban luz a los recónditos callejones y sus empedrados caminos. Giles se tapaba la nariz con un pañuelo, pues el hedor a orines de Paris era insoportable, y ni la belleza de torre Eiffel era suficiente para compensar en deteriorado estado de aquella la llamada “ciudad del amor”.
Había seguido la pista que aquella vieja carta le había obsequiado, dándole una dirección en Paris en donde aquella infame mujer que lo sedujo intencionadamente para preñarse,...